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Sharon Isbin, la intimidad de la guitarra

dfernandez@elnuevoherald.com

Desde muy temprana edad Sharon Isbin comenzó a cosechar premios y distinciones con su instrumento, la guitarra. Heredera de la tradición de sus más insignes maestros: Segovia, Díaz, Minella, Turek, se mantiene como una de las guitarristas más buscadas y gustadas, como quedó demostrado en el recital que ofreciera el jueves 16, en la Cogregational Church de Coral Gables, como parte de la Summer Series de ese templo.

Comenzó la noche con una estilizada Batucada, de Isaias Savio, seguida de un difícil y sabroso Estudio, de Villa-Lobos en edición de Barbosa-Lima; pero fue en la siguiente obra, donde pudo apreciarse con mayor profundidad el nivel interpretativo y la irreprochable técnica de Isbin, El decamerón negro, de Brouwer, obra en tres partes compuesta para ella.

Brouwer ha logrado un exitoso sincretismo de lo afrocubano con las armonías atonales y la guitarrista parece muy identificada con el sabor latinoamericano; aunque su repertorio es vasto en tiempo y espacio. En esta obra difícil y sensual, se mostró siempre en absoluto control.

Las tres últimas piezas de la primera parte de la noche fueron clásicos de la guitarra, epítomes de la escuela y el alma españolas: Danza española no. 5, de Granados; Recuerdos de Alhambra, de Tárrega, y Asturias, de Albéniz. Aquí la intérprete no sólo se dio un gusto bien visible, sino que hizo gala de su técnica, especialmente en la filigrana ``acuática'' que abre la de Tárrega. Isbin gusta de tomar las obras hacia el extremo más lento, enriqueciendo en intensidad los pasajes y elaborando sus frases de manera que se establezca su personalidad sin quebrar la tradición.

Pero si bien en los clásicos de la guitarra Isbin se lució, no menos brillante quedó en la segunda parte del programa con un repertorio más cercano. Primero Joan Baez Suite, op. 144, de John Duarte, también compuesta para ella, por encargo de la Augustine Foundation. En siete partes, esta obra recrea para la guitarra algunas de las canciones que llevaran a Baez a la fama mundial en la década de 1960. Especialmente evocadora y bella es la parte

VI) Where Have All the Flowers Gone? que se siente como muy cercana a

la intérprete.

La siguiente oferta resultó posiblemente el momento más hermoso y mágico de la noche, el Capricho árabe, de Tárrega, que Isbin entregó con especial sensualidad y magia. Luego el Zapateado, de Regino Sainz de la Maza, puso un poco de velocidad en los hábiles dedos de Isbin, para cerrar finalmente con dos valses, uno venezolano y otro peruano, el Vals no. 3, de Antonio Lauro, y el Vals op.8, #4, de Agustín Barrios Mangoré. Durante toda la noche, la guitarrista presentaba sus piezas y hacia comentarios más o menos informativos o chistosos, antes de los valses, comentó que el día anterior había partido desde Venecia para llegar a Miami después de un vuelo de 21 horas. Quizá para hacer saber al público cautivo que se encontraba cansada y que no podía esperar muchos encores. También habló de su reciente disco Journey to the New World con Baez y el formidable violinista y compositor Mark O'Connor.

Y así fue, a pesar de la ovación de pie, al concluir sus exquisitas entregas de los valses, Isbin sólo regaló un hermoso número, su propio arreglo de la obra de Naomi Shemer Jerusalem de oro. Fue una noche muy especial con una de las leyendas vivas de la guitarra. • 

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