Jaime Bayly: un antiburgués conservador
By OLGA CONNOR
Especial/El Nuevo Herald
Con la fama de ser el infante terrible de la televisión, Jaime Bayly se ha dado el lujo de escribir como le da la gana, de lo que quiere y como quiere, sin aparentes cortapisas ni pudores. Sus columnas periodísticas le garantizan el disgusto de muchos que, sin embargo, las leen. El sabe divertir: es un conservador político, pero a la vez un radical social, que confiesa ser bisexual desde hace mucho, cuando no estaba de moda, y en el seno de una sociedad muy conservadora, la limeña. Y se atreve a ser un redomado antiburgués, a pesar de ser miembro de las clases altas.
Uno de los héroes literarios de Bayly retrata el modelo que le gusta seguir, el del ``rebelde con causa'', que fue Henry Charles Bukowski. ``El viejo cartero de Los Angeles que tiraba las cartas a la basura, se negaba a repartirlas y se iba a beber a un bar y a liarse a golpes con algún parroquiano, será siempre uno de mis grandes héroes literarios'', dice Bayly, ``precisamente porque se hizo escritor contra todo y contra todos y en particular contra su padre, que era su principal enemigo''.
Nadie que haya seguido su carrera puede olvidarse de la serie de entrevistas desde Lima con su mamá, a quien se ve que él adora, a pesar de ser ella tan religiosa como él un descreído, ni de sus ataques en su programa de la Mega TV a Hugo Chávez y a los hermanos Castro, que le ganaron la profusa simpatía de los exiliados cubanos y venezolanos residentes en Miami. Pero es en sus obras novelescas, desde su primer libro No se lo digas a nadie (1994), y los que le siguieron: Fue ayer y no me acuerdo (1995), La noche es virgen (1997), Yo amo a mi mami (1998), Los amigos que perdí (2000) Y de repente un ángel ( 2005) y El canalla sentimental (2008), que Bayly demuestra su extraordinario talento en el arte de contar.
Su novela más reciente El cojo y el loco (Alfaguara), que presenta el sábado 14 a las 6 p.m. en la Feria Internacional del Libro de Miami, es de un lenguaje rompeolas, escatológico y pornográfico a retazos, pero de una vertiginosidad en la acción que lo lleva a uno en montaña rusa hasta el final. El lenguaje es esencial, da el ambiente mental en que se mueven los personajes, con su estilo erótico y violento, aunque a veces beato, y sería el ideal de la crítica estructuralista. El autor disiente.
``Un gran escritor peruano, Ribeyro (Julio Ramón Ribeyro Zúñiga) escribió en sus diarios que las grandes obras del boom concedían excesiva importancia a la técnica'', afirma Bayly. ``Creo que en la literatura latinoamericana hay una tendencia a sobrevalorar la técnica narrativa. Si uno relee La Hojarasca (puro Faulkner) (de Gabriel García Márquez), o La Casa Verde (puro Faulkner) (de Mario Vargas Llosa), tendría que darle la razón al gran Ribeyro. Yo siempre he tratado de que el estilo dé vida a los personajes y enriquezca a la novela sin que termine eclipsándola''. Luego remata esta aseveración con una conclusión que parece irónica: ``El lenguaje, sospecho, se lo debo a mi madre, y la vocación literaria (que ella hubiera querido religiosa) sospecho que también''.
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