`El acompañamiento': sueños y rebeldía con acento porteño
By ANTONIO O. RODRIGUEZ
Especial/El Nuevo Herald
Desde su primera escenificación en el Buenos Aires de 1981, como parte de la jornada Teatro Abierto, El acompañamiento, del dramaturgo Carlos Gorostiza, no ha dejado de representarse en distintos países. La obra en un acto trasciende las circunstancias de la sombría etapa de la historia de Argentina en que fue escrita (el sexto año de la dictadura militar) y mantiene su vigencia gracias a una carga metafórica que apunta a conceptos como libertad y rebeldía social.
La conversación que mantienen Tuco --un obrero a punto de jubilarse que, con la obsesión de convertirse en otro Gardel, se encierra en un cuarto a ensayar tangos y hacer gárgaras de clara de huevo-- y Sebastián --un viejo amigo que intenta sacar a Tuco de su enajenación-- constituye un testimonio sobre una clase popular entrampada entre los sueños de felicidad y prosperidad y la frustración de una realidad alienante. Y es que, al fin y al cabo, la ambición de expresarse y de respirar con libertad es algo inherente al género humano.
Esta historia sobre dos perdedores --uno atrincherado en sus ilusiones y otro que ha renunciado a la posibilidad de fantasear-- llegó al escenario del Teatro América, bajo la dirección de Osvaldo Strongoli, en un montaje realista, discreto pero efectivo, que privilegia el poder de las palabras y la construcción de los personajes. La puesta acierta al acentuar el contrapunteo físico-psicológico entre Tuco y Sebastián. Mientras Gualberto González subraya el desaliño, la extroversión y la emotividad a flor de piel de Tuco, Osvaldo Strongoli plasma cuidadosamente un Sebastián atildado, de gestualidad mínima y cauteloso al expresar los sentimientos. Ambos actores logran caracterizaciones convincentes y revelan con eficacia el mundo interior del dúo de amigos.
Si en el texto de Gorostiza los ensayos de Tuco se limitan al tango Viejo smoking, esta versión --al igual que ha sucedido con otras-- da cabida a una especie de ``antología nostálgica'' de famosos tangos y milongas que se utilizan para subrayar las intenciones del diálogo. El recurso es válido, pero tal vez en algunos casos se abuse de él cuando se incluyen composiciones íntegras (o casi).
La puesta opta por un desenlace donde, súbitamente, el sentimentalismo de los tangos pareciera imponerse sobre la connotación parabólica. Aunque el texto sugiere un rapto de rebelde optimismo cuando Sebastián se ``contagia'' con el delirio de Tuco y acepta convertirse en cómplice de sus sueños, aquí pareciera que el amigo secunda al cantor impulsado más por la piedad y la solidaridad que por una necesidad personal.
La escenografía satisface la vocación realista de la puesta, pero el retrato de ``el Zorzal Criollo'' que cuelga en la pared agrietada es tan horrible que cuesta creer que un fanático lo tenga en su cuarto. La iluminación descuida un tanto el proscenio, donde transcurre buena parte de la acción.
El emotivo montaje de este pequeño clásico de la dramaturgia latinoamericana enriqueció nuestra cartelera teatral. Por favor, levanten la mano los amantes del teatro que fueron a verlo. Los demás se perdieron una propuesta sencilla, pero nada desdeñable.
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