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Punto de vista, un pequeño homenaje al musical

Especial/El Nuevo Herald

Cuando en 1988 el dramaturgo y director José Milián estrenó su comedia Vida de perros en el Teatro Musical de La Habana, Ana Lidia Méndez y Rigo Palma formaron parte del elenco. La experimentada Méndez interpretaba el papel de una pragmática perra callejera, y la forma desenvuelta y maliciosa en que le decía a un ingenuo perrito: ``¡Sígueme! ¡Me encanta que me caminen detrás!'' era realmente hilarante. Por su parte, Palma (quien por entonces usaba otro apellido) daba vida a uno de los perros buscavidas del barrio.

Resulta interesante que, 21 años después, ambos actores coincidan nuevamente, esta vez en el pequeño escenario del Kímbaracumbara, en un sencillo espectáculo de café concert que les permite evocar sus trayectorias personales y mostrar la vigencia de sus vínculos con el teatro musical. Escrito y dirigido por Jorge Lorenzo, y presentado por Teatro Cómplice, Comediantes se propone ofrecer entretenimiento sin concesiones al mal gusto. Con una escenografía mínima (dos sillas y una estructura metálica que funciona como percha), un vestuario en el que predomina el discreto y funcional color negro, luces de Pedro Remírez y la colaboración de Lázaro Horta en la banda sonora, Lorenzo entrega un montaje que se recibe con agrado, aun cuando no consiga explotar al máximo a dos intérpretes fogueados en las lides del canto, el baile y la actuación.

Comediantes presta mayor importancia al componente musical que al dramático, y echa mano a una variada selección de géneros en la que hay cabida para baladas románticas, ritmos tropicales y canciones en las que la letra desempeña un rol primordial. Estas últimas (A empezar, Yo quiero ser vedette, Quedan los artistas) aportan algunos de los buenos momentos de la noche.

La principal deficiencia es la simplicidad del libreto, que se reduce a una anécdota básica y a diálogos que van encadenando los números musicales y dándoles cierta ilación, a partir de motivos como la guerra de los sexos o los sinsabores del volver a empezar en el exilio (la insistencia final en los mensajes políticos resulta un tanto forzada). La opción de concebir el texto básicamente como una rutina de chistes entrelazados es válida, pero resta posibilidades de lucimiento a unos intérpretes que habrían podido sacar adelante intercambios y monólogos de mayor sustancia y originalidad.

Tras más de cuatro décadas de trabajo profesional, Ana Lidia Méndez conserva la frescura escénica y la autenticidad que han sido siempre sus mejores credenciales. Obviamente, los tiempos en que formaba parte del efervescente dúo Las Din Don quedaron atrás, pero ella asume con energía la elemental coreografía para actores y sabe decir las canciones con encanto e intencionalidad. Aunque Méndez es una comedianta nata, detrás de su vis cómica y de su facilidad para la réplica ingeniosa hay un potencial dramático que pocos directores han explotado. Rigo Palma la secunda con un buen desempeño vocal y un esforzado trabajo histriónico.

Sin grandes pretensiones, este divertimento funciona como un pequeño homenaje al musical. Un soporte dramatúrgico más creativo habría permitido sacar mayor partido a la experiencia y las vivencias de los dos intérpretes, dándole mayor vuelo y consistencia al espectáculo, pero, aun así, merece ser apreciado. • 

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