Punto de vista Marionetas de la Esquina: regalo para niños de cualquier edad
By ANTONIO ORLANDO RODRIGUEZ
Especial/El Nuevo Herald
La compañía mexicana Marionetas de la Esquina llegó a Miami para presentar su espectáculo Una luna entre dos casas y dejar claro que --en tiempos en que los playstations y otros artilugios por el estilo parecen ser los dueños de la imaginación infantil--, el buen teatro conserva intacta su capacidad para seducir a los más chicos.
Retener la atención de un centenar de niños durante casi una hora con un espectáculo de muñecos es una tarea difícil, pero los integrantes del grupo dirigido por Lourdes Pérez Gay y Lucio Espíndola lo logran con una propuesta que combina títeres de mesa de gran atractivo visual, temas cercanos a los intereses de los destinatarios y una inteligente dramaturgia. Todo aderezado con una fórmula (casi) infalible: imaginación, poesía y humor.
La pieza de la autora canadiense Suzanne Lebeau hace gala de una estudiada simplicidad. A través de una anécdota transparente y de tres simpáticos personajes --Pluma y Taciturno, dos chicos de personalidades opuestas, y Ratapelo, un perro hiperquinético--, Una luna entre dos casas recrea problemáticas de interés para los niños de más corta edad, como la dificultad para interactuar con el otro o el miedo a lo desconocido. Lo lúdico adquiere un saludable protagonismo en el texto mediante divertidos juegos silábicos y onomatopeyas.
El montaje de Pérez Gay juega creativamente con cuatro sets colocados sobre mesas con ruedas, que deambulan de un lado al otro del escenario, e insiste en el intercambio cómplice y enriquecedor entre muñecos y titiriteros. Los diseños de títeres y de escenografía, que firman Espíndola y Víctor Hugo Núñez, respectivamente, apuestan por la expresividad, una gama de colores armoniosos y la funcionalidad.
El trabajo de manipulación de Amaranta Leyva, Priscila Morales, Laura Hernández y Pérez Gay alcanza un alto nivel de plasticidad y precisión. La música desempeña un papel clave, no solo por ser el medio de expresión por excelencia de Taciturno, sino porque la puesta está concebida, de principio a fin, como un ballet en el que las acciones físicas de personajes y objetos dialogan con la encantadora y muy teatral partitura del compositor canadiense Jean-François Léger.
Decepciona, en un espectáculo tan cuidado, que la hermosa canción final --que supuestamente entona Taciturno-- se escuche interpretada por una voz masculina adulta. Es un detalle desconcertante, que conspira contra una sostenida ilusión de verdad.
Imágenes como el fantástico tejado-xilófono de la casa de Taciturno o el ascenso de Pluma a la azotea de su vivienda usando una escalera invisible logran una empática comunicación con el auditorio. Esos y otros aciertos ratifican que para el teatro de títeres, si están presentes el talento y la creatividad de auténticos artistas, no existen imposibles. La razón la dio hace muchos años el argentino Javier Villafañe, cuando aseguró que el títere sólo puede vivir en las manos del niño o del poeta, porque ellos son los únicos que saben que ``para un títere dos más dos deben ser siempre cinco o tres, pero nunca cuatro''.
Ojalá la presencia en el Adrienne Arsht Center de grupos de teatro infantil de la calidad de Marionetas de la Esquina deje de ser una gratificante rareza y se convierta en una oferta habitual. La inversión se justifica: no existe mejor modo para cautivar a quienes, a la vuelta de unos años, se convertirán en los espectadores de su programación para adultos.
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