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En las fronteras de un nuevo arte político

Especial/El Nuevo Herald

La exhibición Proyecto Habitar, curada por Luisa Espino en el Centro Cultural Español, revela la convergencia de artistas y colectivos de diversos lugares del mundo que están interactuando con sectores marginales --guetos de poblaciones inmigrantes, de minorías étnicas y/o acosadas por la pobreza-- extendiendo el arte contemporáneo hacia un terreno político. Pero no se trata del tipo de arte comprometido de los años 60, ni de denuncias estereotipadas y carentes de imaginación. Su propuesta es traer al centro de la escena prácticas sociales --y estéticas-- que se realizan en estas zonas que se recubren de invisibilidad porque resulta incómodo verlas. En lugar de apartar la mirada, estos artistas se apropian de expresiones populares --a menudo masivas-- que entrañan una desobediencia a modelos de consumo de bienes, así como a las reglas de urbanización, o planeación válidas para sectores privilegiados, y las transfieren al campo del arte.

De un modo que excede lo documental o las usuales denuncias sociales, los artistas que exhiben en el CCE han compartido los modos de habitar el mundo de las poblaciones deprimidas para realizar aprendizajes que cambian su propia mirada. A su vez han incidido en las actitudes de las poblaciones con las cuales interactúan.

En tiempos en los que toda utopía parece agotada y nadie habla de usar el arte para cambiar el mundo, el efecto de sus obras va desde la creación de formas de arte público que sirven de espejo de reconocimiento a las comunidades, hasta el acompañamiento de procesos de autogestión o la incidencia en el surgimiento de otras redes de interacción entre la gente. En cualquier caso, abren un pasaje entre el arte contemporáneo y los sectores más olvidados o incómodos. Y lo hacen evitando el tipo de victimización del ``otro'' que acaba por usarlo para fines artísticos. Lo que cumplen con sus obras son aprendizajes y enriquecimientos simbólicos compartidos.

Se advierte, por ejemplo, una coincidencia entre el descubrimiento de las lógicas de diseño o construcción que el cubano Ernesto Oroza llama ``arquitectura de necesidad'' y que encontró en Cuba particularmente a partir del Período Especial, y las que el mexicano Raúl Cárdenas, fundador del colectivo Torolab, observó en Tijuana y nominó ``arquitectura de emergencia''. En sus casos, tanto como en el de los restantes artistas y colectivos que participan en Proyecto Habitar, las distintas estrategias de supervivencia popular --que van desde la resolución de necesidades físicas de aprovisionamiento de objetos hasta la invención de decorados en medio de la precariedad-- nutren sus propios procesos creativos y a la vez provocan interesantes procesos de transformación entre los habitantes de estas zonas.

Ruido blanco, el video de Torolab, contrarresta el fenómeno que ocurre cuando en la transmisión de los medios de comunicación hay interferencias que llevan al espectador a un cambio de canal, haciendo ver el modo en que las poblaciones marginadas de Tijuana aprovechan llantas, puertas, elementos de embalaje desechados por la ingente industria de la ciudad, para construir sus precarias viviendas. Las imágenes de este modo de producción están acompañadas de bandas musicales relacionadas con el protagonismo que la música --carente de fronteras-- tiene en las expresiones culturales de la ciudad. Pero Torolab no se limitó a registrar en un videoarte este tipo de construcción que recurre a elementos no convencionales o diseños improvisados. Propuso la creación de módulos arquitectónicos con los mismos elementos, pero con un tipo de tecnología que asegura niveles de resistencia y seguridad de los cuales suelen carecer y está extendiendo estas viviendas con el apoyo de personas de la zona.

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