Cristina Rivera Garza y la herida de la escritura
By ADRIANA HERRERA
Especial/El Nuevo Herald
Escribir, para Cristina Rivera Garza (Matamoros, México, 1964) es ``abrir la herida''. Una herida a través de la cual, sobre todo, se ve. Puede abrirla en la piel de las ciudades usando la palabra como un instrumento de doble filo --el documento, la ficción--, que tiene la capacidad de hendir adentro y asomarse a los puntos ciegos de las urbes. Tal vez porque la niña que veía borroso el mundo, hasta cuando éste se transformó por obra de los lentes en un juego de imágenes que cambiaba con sólo retirarlos de sus ojos, creció viendo de otro modo. ``Voy entre ciega, exultante y cariacontecida'', ha escrito. De adolescente --como la narradora de la novela La muerte me da, con la que acaba de ganar el Premio Sor Juan a Inés de la Cruz 2008-- dejó atrás su ciudad en la frontera norte de México y entró a la urbe caótica del D.F. repitiéndose: ``No soy de aquí. Yo no soy de aquí. No soy de aquí. Yo veo más''. En medio del desconcierto de la realidad, el único modo de pretender ser invulnerable era ver todo ``como quien se despide. Como quien ya se fue''.
El gesto de la huída, ese mirar como quien ya no está, es paralelo al de adentrarse, sin ser visto, por territorios prohibidos. Ella, doctora en historia latinoamericana de la Universidad de Houston, se sumergió en los expedientes del manicomio de La Castañeda que funcionaba en la ciudad de México a comienzos del siglo XX, del mismo modo en que ha colado sigilosa en hospicios o burdeles, para acechar y transgredir fronteras de la urbe, de la mente, de la lengua, del sexo. Cuenta que en uno de los expedientes clínicos que revisó para elaborar la historia de las prácticas psiquiátricas y traspasarlas a la novela Nadie me verá llorar --ganadora del premio Sor Juana Inés de la Cruz 2001--, descubrió que un médico acusaba a una interna de ``utilizar palabras rebuscadas y poco naturales a las que, para colmo de males, intentaba llenar de nuevos significados...''. Rivera Garza, diestra en usar las palabras --a veces arrojándolas a lo indecible-- para hurgar sin compasión entre la línea de la locura y la cordura, entre el límite del yo y el otro, burla ``esa veneración por las bondades de un lenguaje claro, unívoco, de intachable conducta y amaestrados medios''. Le produce ``aburrimiento'' y ``algo de cotidiano terror''.
En cambio, no teme escribir para deslizarse al interior del propio cuerpo, de otros cuerpos, en el confín donde se funden las definiciones de escritura y visión, eros, herida y muerte. Pero lo hace, como quien huye, después de lacerar a quien la lee, con esa vocación de corredora sospechosa con la que en su reciente libro se construye a sí misma, tras atestiguar una atroz mutilación en el cadáver de un hombre joven con el que tropieza en un callejón oscuro: la castración que evocó bajo el título de una línea de Alejandra Pizarnik en el texto novelístico de género ``híbrido'' que ahora presenta en la Feria del Libro de Miami. ``Bífido'', ha precisado: sus textos contienen una lengua doble, un libro que se desdobla en otro, un género que oculta otros, un juego de apariciones y desapariciones.
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