Los que no pueden amar
En la columna anterior hablamos sobre la intimidad emocional. Es común que las parejas presenten distintos niveles de distancia emocional. Las parejas a veces ajustan ellas mismas estas diferencias, y otras veces, si no tienen una convivencia cómoda, buscan ayuda profesional. Es un alivio reconocer que exsisten diferencias innatas, y que a pesar de ellas se pueden armonizar los estilos, respetando la individualidad. Obviamente, es mejor que haya un nivel parecido en cuanto a necesidad de conexión, pero si existe respeto y amor, muchas diferencias pueden acomodarse.
Hay casos en que uno de los dos no puede amar. El amor supone entrega y compromiso y esto los afixia, por ello a esta conducta se la considera parte de las fobias. De hecho, cuando estas personas se sienten cerca de enamorarse en serio, sienten una ansiedad que sólo alivia la distancia. En las fobias la persona funciona bien mientras no tenga cerca el objeto de su fobia, digamos, las lagartijas. Cuando se enfrenta con ese objeto, ya sea una lagartija o un amor, se desata la ansiedad, y la persona huye.
Las relaciones de estas personas son inestables, y dan señales contradictorias. Pueden ser ardientes, y hasta parecer que quieren cercanía, pero cuando lo logran, se distancian o se van. La pareja queda confundida, y a menudo se pregunta qué hizo mal. No hizo nada mal: simplemente le importó lo suficiente al fóbico, para que se sintiera en peligro de entregarse. Es común que estas retiradas --totales o parciales-- ocurran cuando las cosas están mejor. Es bueno diferenciar este comportamiento del clásico mujeriego que también huye de la intimidad, pero generalmente es cuando logra la conquista, y va a la próxima.
El fóbico no es necesariamente mujeriego.
La fobia al compromiso no es algo nuevo, pero antes las normas sociales lo encubrían. Las mujeres aceptaban la distancia como algo natural en el matrimonio, y se refugiaban en la familia extendida. El hombre se refugiaba en su trabajo, en los pasatiempos y deportes. Hoy en día las parejas están más aisladas y se exije más de la relación. Los afectos familiares y las aficiones son normales; cuando se exageran es cuando constituyen un escape.
He visto casos en que quien se fue, regresa. Por un tiempo parece que todo marcha bien, que se dio cuenta de lo que había perdido. Sin embargo, cuando se acerca la boda o el compromiso, vuelve a huir.
Esta no es una conducta cínica, lo que pasa es que al sentir la distancia, la fobia pierde fuerza, y renace el interés.
Hay quienes tienen un miedo moderado al compromiso, y después de huir regresan para quedarse.
Otras veces hace falta terapia para enfrentar y superar las basas del miedo al compromiso. Lo más importante en todo esto es que la persona abandonada entienda que no tiene nada que ver con su valor personal, si no que es un problema del otro, que no puede amar.
En la próxima columna hablaré de las características comunes para reconer a los que tienen fobia de pertenencia.
magdaarmonia@bellsouth.net
La autora es psicóloga clínica, especializada en parejas, problemas de depresión, ansiedad y control de hábitos. (305) 461-5185.
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