El pato criollo de nuestros lagos
Una de las vistas más relajantes y bucólicas de las que podemos disfrutar gratis en el sur de la Florida es la de los patos flotando --casi como si levitaran-- sobre el agua, o nadando seguidos de sus paticos, dejando una estela de caminos acuáticos en los lagos y canales de nuestro paisaje. Es una imagen tan común y consuetudinaria que a veces la miramos sin ver y sin apreciarla, dejando escapar un momento de intenso placer y regocijo espiritual. Sabemos que están ahí y los extrañamos cuando no los vemos. Porque los patos semidomésticos de la Florida son perseguidos por algunos desalmados y por otros que alguna vez les dieron migajas de pan, acostumbrándolos a recibir comida de manos humanas y a depender de ello. Son animales aún silvestres, pero que de una generación a otra se han acostumbrado a que las personas les den comida junto a los lagos, canales y lagunas de las urbanizaciones que proliferan por todo el sur de la Florida.
El pato criollo, oriundo de las Américas, es una variante del pato real salvaje (Cairina moschata) que aquí se conoce por Muscovy. Nadie sabe el origen de este nombre y hay dos versiones sobre su llegada al sur de la Florida desde su hábitat en México, Centroamérica y la mayor parte de las regiones tropicales de América del Sur. Según algunos, el pato se introdujo alrededor de 1920 para el deporte de la caza; otros creen que fue a principio de los 1960 para adornar, junto con los nenúfares, las lagunas y los estanques de fincas privadas en la Florida.
De cualquier manera, entonces, al igual que hoy, los residentes y los visitantes disfrutaban observando y alimentando a los patos, que muchas veces venían acompañados de sus crías. Sin embargo, esta forma de recreación también trajo sus problemas.
Los patos, cuya dieta natural consiste en plantas acuáticas, hierbas, semillas, larvas, insectos y peces y reptiles de pequeño tamaño, ahora compiten con otros por esa comida natural que cada vez escasea más debido al uso de químicos en los lagos contaminados y de pesticidas en los jardines públicos y privados. El resultado es patos hambrientos y desnutridos, que dependen de los trocitos de pan o de arroz que los vecinos les tiran, compitiendo por las sobras.
La queja principal de los residentes que viven junto a los lagos es el problema de las deyecciones (heces) que estas aves dejan a su paso, que aparte del mal olor, pueden crear un problema sanitario. Los patos criollos nos presentan un difícil dilema: ¿dejar de alimentarlos, cuando son casi domésticos y les hemos enseñado a esperar comida? ¿O dejar que se sostengan como puedan, a sabiendas del deterioro ecológico consabido?
La ley estatal (No. 828.12) prohíbe maltratarlos o permitir que nuestras mascotas les hagan daño en nuestra presencia.
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