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El celo

Especial/El Nuevo Herald

Elizabeth, de 28 años, y Coral, de 27, son abogadas, se conocieron trabajando en la misma compañía jurídica y son buenas amigas. Elizabeth es rubia, alta, de grandes ojos oscuros y mirada intensa. Coral tiene una melena larga color caoba, labios bien dibujados y ojos verdes. Ambas son llamativas, inteligentes y gustan de salir y divertirse.

Coral está en pareja, con proyecto matrimonial a corto plazo, en tanto que Elizabeth no tiene planes todavía.

En una reunión social donde me presentan como ``la sexóloga de El Nuevo Herald'' aprovechan para consultarme un tema que las inquieta y al que no le encuentran explicación.

Aunque ambas son equiparablemente atractivas, en algunas circunstancias específicas y repetidas, Coral es la que arrasa; varones muy guapos se la disputan sin disimulo. Tal vez se deba a que ella también está especialmente seductora y atractiva en esas oportunidades.

En otras ocasiones en cambio, las dos ligan por igual. ``¿Qué tiene Coral que no tenga yo?'', me pregunta Elizabeth.

``¿Toman anticonceptivos?'', pregunto. ``Sí'', dice Elizabeth. ``No'', replica Coral.

La diferencia está en el celo. Está comprobado que la mujer conserva los signos de que está ovulando a pesar de que no son evidentes para nuestra conciencia.

En la mayoría de los animales el celo --es decir, la ovulación-- es el único momento en el que la hembra atrae al macho y la única oportunidad en que ella acepta la cópula. En ese momento las hormonas están en su apogeo. Y dan sus señales.

Los animales se guían por puro instinto; nosotros también, pero tenemos la libertad de elegir --hasta un cierto punto. Por eso la hembra humana puede tener sexo siempre.

Sin embargo, existen diferentes intensidades a lo largo del ciclo: en el celo --la ovulación-- el deseo sexual es poderoso. No sólo ella quiere más sexo sino que lanza señales que atraen a los hombres como nunca. La infidelidad también es más frecuente.

Esta atracción se manifiesta --imperceptiblemente para nuestra conciencia-- en olores corporales, miradas, cambios del rostro y la voz, gestos, formas de acercarse y hasta de vestir. Y el deseo es el invitado de lujo.

Las bailarinas de danza árabe, acostumbradas a ser gratificadas con dinero que los hombres enganchan en sus ropas, cosechan el máximo premio cuando están ovulando, según el estudio de Geoffrey Miller de la Universidad de Nuevo México, Albuquerque.

Hace ya tiempo que se ha comprobado el poder --llamaría subliminal o no totalmente consciente-- del celo de la mujer.

Pero esta atracción exige una condición: que la mujer tenga ciclos naturales. Es decir: sin influencia de las hormonas presentes en los anticonceptivos.

Los tratamientos anticonceptivos son enormemente efectivos para evitar el embarazo porque anulan la ovulación; el nivel de hormonas medicadas es constante y se suspende para desencadenar la menstruación. No existe el ciclo menstrual; se imita el ciclo sin ovulación.

Cada día se conoce más acerca de nuestra sexualidad. Y es probable que nuevos hallazgos también aparezcan desde las compañías que producen los anticonceptivos.

Elizabeth me mira y su gesto es una pregunta silenciosa. Ella evita exitosa y cómodamente el embarazo, pero acaba de descubrir que también desaparece ese momento de intenso deseo y atracción. • 

(La Dra. Blasco es médico, psicoanalista y sexóloga, y autora de `Camino al orgasmo' y `Menopausia, una etapa vital'.)

dsb@doctorasoniablasco.com

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