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`Pony': comedia irónica sobre la corrupción moral

Especial/El Nuevo Herald

Tres meses después de haber llevado a escena Tu ternura Molotov, John Rodaz dirige otra creación del venezolano Gustavo Ott, esta vez coproducida por Area Stage y FF Productions. Se trata de Pony. Nunca te he negado una lágrima, un texto que conforma, junto con Dos amores y un bicho y a Tu ternura Molotov, una suerte de trilogía de obras que --según su autor-- funcionan como ``una propuesta experimental dentro de las entrañas de lo convencional''.

En Pony reencontramos algunos temas y motivos recurrentes en el teatro de Ott: la traición, la crueldad, el abuso de poder, la intolerancia, la culpa y el estudio de la corrupción moral en las relaciones familiares a manera de metáfora de una más abarcadora corrupción social y política. Como de costumbre, el dramaturgo nos permite asomarnos a la intimidad de unos personajes indefensos o implacables, ingenuos o taimados; pero enseguida nos percatamos de que no podremos saberlo todo acerca de ellos, de sus modos antagónicos de entender y enfrentar la vida, y también de que los observaremos a través de un prisma humorístico que hace énfasis en lo corrosivo y lo oscuro.

Aunque no alcance la brillantez composicional de Tu ternura Molotov ni la riqueza de significados de Dos amores y un bicho, en el texto de Pony están las principales virtudes del dramaturgo: sus diálogos incisivos, su concepción de la trama como un iceberg cuya magnitud estamos retados a intuir o imaginar, y la apropiación de fórmulas de probada eficacia con el objetivo final de darles una retadora sacudida; todo condimentado con un provocativo cariz farsesco.

La obra tiene como personajes a los integrantes de la familia Morales, y justamente la disección de su inusual ``moralidad'' constituye uno de los presupuestos del acontecer dramático. Mónica, la protagonista, tiene más de un rasgo en común con la Cabiria de Fellini: las une la misma credulidad y una enorme confianza en la bondad humana. Las tres primeras escenas de Pony transcurren en diferentes momentos de un día de elecciones; la secuencia final nos coloca frente a la vapuleada Mónica un mes más tarde y nos permite ser testigos de cómo, pese a los golpes recibidos, no ha perdido la fe en que ``debajo de todo tiene que haber un pony''. (Quizás lo mismo crean, con relación al futuro del país, muchos de los que, como ella, votaron aquel día por el nuevo presidente).

Flor Núñez acierta en su composición de una Mónica de creíble inocencia, a un tiempo conmovedora y exasperante por la terquedad con que apuesta a la nobleza del género humano. Franklin Virgüez convence como el padre, pero asume los personajes de la madre y el hermano con un enfoque externo y poco eficaz. Su aparición caracterizado como la madre, y su desfile alrededor de la mesa, pavoneándose para divertir a los espectadores, ilustra claramente esa deficiencia. Durante la representación, el bagaje técnico y la experiencia de Virgüez estuvieron, buena parte del tiempo, más en función de su lucimiento personal y de obtener la risa fácil del público, que de la fidelidad al personaje y a la obra, fallo imputable tanto al intérprete como al director.

En su estreno, Pony distó mucho de tener esa ``velocidad en escena'' que parece ser un requisito clave para materializar las creaciones de Ott. En Tu ternura Molotov, Rodaz la consiguió a plenitud, pero aquí se echó de menos en varios pasajes, que resultaron morosos. En cambio, hay que destacar la síntesis y la funcionalidad de la imagen escénica.

La temporada recién comienza y, afortunadamente, el teatro admite revisiones y ajustes para perfeccionar un montaje. Pony es una comedia irónica y original, que vale la pena ver, sobre todo si se liman sus deficiencias interpretativas y gana en ritmo e intensidad. • 

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