Alma de Cuba, tres buenos comediantes y muchas risas

By ANTONIO ORLANDO RODRIGUEZ
Especial/El Nuevo Herald
Aveces un espectáculo ligero y sin grandes pretensiones da gratas sorpresas. Alma de Cuba, el juguete cómico escrito y dirigido por Rolando Moreno que se presenta en el miniescenario Kímbaracumbara, no aspira a mucho, pero logra su principal propósito: hacer reír.
La espinosa discusión entre una ex vedette recluida en una mansión de Coral Gables y su empleado Donato (mezcla de mayordomo, confidente y ``loquero'') es el atractivo punto de partida de esta historia. Cualquier parecido con el Sunset Boulevard de Billy Wilder pasa por los territorios de la parodia y el ``choteo''.
Vivian Ruiz es Norma Desmond (perdón, Alma Rosa Valladares), una ``diva'' cubana en el exilio, que cada vez que se presenta la oportunidad saca a relucir los resonantes triunfos que alcanzó, años atrás, en importantes escenarios de Tegucigalpa y de San Pedro Sula. La añorada oportunidad de volver a estar bajo los reflectores se le presenta cuando su hermana Daisy Fontao (es decir, Gloria Valladares) viaja a Miami para visitar a su hijo. A un productor se le ocurre la idea de desenfardelar a las dos momias, presentarlas en un show nostálgico en el Artime y ponerlas a cantar su gran éxito de juventud: La múcura. El reencuentro saca a la luz viejas rencillas, pero también vínculos afectivos que los años, la separación física y la política no lograron aniquilar.
Ruiz brinda una hilarante y cuidadosa caracterización, con ojos, cejas y manos de gran expresividad. Su Alma Rosa es un homenaje sui géneris a las grandes boleristas cubanas, muchas de ellas verdaderas sacerdotisas del camp. Por su parte, Fontao ofrece una equilibrada e irónica contraparte como la hermana con los pies en la tierra. El triángulo de ases lo completa un estupendo Jorge Ovies con su atildado Donato: una especie de Max Von Mayerling jocoso, gay y con peluca.
Este divertimento se nutre de diversas vertientes del humorismo: desde la réplica aguda a lo Wilde y el diálogo absurdo hasta el doble sentido picaresco, la sátira social, el humor negro y los chistes ``gruesos''. El desprejuicio con que se entremezclan esas y otras fuentes resulta, en sí mismo, un ejercicio lúdico que involucra al público sin muchos preámbulos.
Con líneas de texto sacadas de viejos boleros y alusiones a personajes reales o imaginarios de la farándula habanera, Alma de Cuba es un sainete que no oculta su filiación con el teatro vernáculo cubano. La propuesta trastabillea cuando intenta enseriarse con mensajes políticos o cuando se vuelve innecesariamente melodramática (como sucede en los minutos finales, que podrían podarse). La parálisis facial debería estar menos acentuada, pues resta expresividad a la actriz y resulta un subrayado muy explícito.
Existe una famosa caricatura, titulada El crítico, que muestra a un grupo de espectadores muertos de risa en un teatro. Solo uno de ellos está muy serio en su butaca, con el mentón apoyado en la palma de la mano, observando el escenario con expresión escrutadora y el ceño fruncido. Ese no fue mi caso, pues me reí como cualquier hijo de vecino con esta evocación de un mundo irrecuperable de boleristas y rumberas de armas tomar, con la descripción del ``baile del martillo'' del Teatro Shanghai y la interacción farsesca de los tres personajes.
Una comedia recomendada para deprimidos y amigos del humor y del kitsch. Abstenerse espíritus demasiado exquisitos o quienes esperen una obra artística trascendente.
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