Edimburgo, una ciudad con dos almas
By JOAQUIN RABAGO
EFE/Reportajes
La capital de Escocia es una urbe de fuertes contrastes; una ciudad extraña que parece tener dos almas, como el doctor Jekyll. El creador de este personaje, Robert Louis Stevenson, nació precisamente aquí.
Por un lado está la Ciudad Vieja, de origen medieval, dominada por su inmenso castillo, perfectamente conservado y todavía en uso, que se levanta sobre el magma solidificado de un antiguo volcán y que es sin duda la principal atracción turística.
Su eje principal, la llamada Royal Mile, que comienza en el castillo y continúa con otro nombre hasta el moderno Parlamento, polémica obra del fallecido arquitecto español Enric Miralles, es el principal escenario callejero, todos los veranos, del festival alternativo Fringe, que convierte a Edimburgo durante unos días en un hervidero de gente y la transforma en una gran kermesse.
Es una barrio vertical de estrechas callejuelas laterales, que parecen desembocar a veces en precipicios, y en las que se levantan grises edificios de varios pisos que algunos han considerado como los primeros rascacielos. Debió ser en su día un barrio oscuro e insalubre en el que no es difícil imaginarse a ladrones de cadáveres. Y todavía hoy parece por momentos un decorado de película del cine expresionista alemán.
LADRONES
DE CADAVERES
No es extraña la historia real que ocurrió allí en el siglo XIX y que tiene como protagonista al doctor Robert Knox, reputado cirujano que necesitaba un suministro regular de cadáveres para sus lecciones de anatomía a lo Rembrandt. Dos inmigrantes irlandeses llamados Burke y Hare vieron la oportunidad de hacer dinero a base de robar cadáveres ``frescos'' que sacaban de sus ataúdes para venderlos luego al anatomista.
Pero las necesidades de Knox resultaron ser cada vez mayores, y entonces en lugar de limitarse a los nuevos cadáveres, los dos personajes comenzaron a asesinar a personas para satisfacer la demanda sin que el cirujano les hiciera demasiadas preguntas.
Su negocio se frustró cuando los estudiantes de medicina reconocieron en la mesa de anatomía a una de las prostitutas a las que ellos frecuentaban regularmente, una joven llamada Mary Patterson. Hare se salvó de la horca gracias a que denunció a su compinche y se convirtió en testigo de cargo, pero Burke fue ahorcado para deleite del populacho, que asaltó luego la casa del cirujano.
Por cierto que Robert Louis Stevenson se ocupó de la historia en su cuento corto The Body Snatcher (El ladrón de cadáveres), al igual que iba a inspirarse para su obra más famosa, El extraño caso del doctor Jekyll y Mr Hyde, en otra real: la de William Brodie.
Era éste presidente del gremio de ebanistas y respetado concejal del Ayuntamiento, ejemplo de cívica conducta durante el día, pero de noche se convertía en ladrón de casas sin que llegasen a sospechar siquiera sus dos amantes, de las que llegó a tener cinco hijos.
Al norte de la Ciudad Vieja, donde ocurrieron ésas y debieron ocurrir otras historias igualmente macabras o extrañas, está su antítesis, la llamada Ciudad Nueva, la del modélico doctor Jekyll. Una ciudad elegante, limpia, perfectamente planificada, de calles en forma de cuadrícula, una creación del siglo XVIII en perfecta sintonía con las ideas racionalistas del llamado Scottish Enlightenment, la Ilustración escocesa.
Una ciudad de estilo neoclásico en la que a su vez tampoco es difícil imaginarse a la gran sociedad burguesa con sus pomposos bancos, sus elegantes mansiones, sus jornadas musicales o poéticas, sus coches de caballos y sus criados vestidos de librea.
FILOSOFOS
Y ESCRITORES
En un día soleado es posible quedarse prendado de Edimburgo inmediatamente, recibir un flechazo de esa ciudad que, con su castillo en todo lo alto, parece como sacada de un cuento de hadas. Una ciudad orgullosa de sus sabios, escritores y artistas. Si en Londres uno se topa a cada paso con la estatua de algún mariscal o un monumento a los caídos en alguna de sus guerras, en Edimburgo es más fácil encontrarse con la estatuas de algún escritor o filósofo.
Así, Walter Scott tiene en la calle principal de la Ciudad Nueva, Princes Street, que es la que ofrece la mejor vista sobre el castillo, un gran monumento que parece un cohete espacial con filigranas góticas: se dice que es el más alto dedicado a un escritor en cualquier parte del mundo.
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