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Los contratistas militares: una amenaza de seguridad

El Nuevo Herald

Un avión monomotor Cessna 206 que tenía instalados en su barriga sofisticados equipos de fotografía para detectar actividades de narcotráfico y subversión se fue a pique el jueves 13 de febrero del 2003 en un área selvática al sur de Colombia.

Al percatarse del avión enemigo, varios guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que llegaron al sitio, encañonaron a los cinco sobrevivientes. A dos de ellos que intentaron fugarse, el piloto norteamericano Tomas Janis y un funcionario de inteligencia de Colombia, los mataron.

Los tres restantes, el analista Marc Gonsalves, el ingeniero de vuelo Keith Stansell y el copiloto Thomas Howes, se rindieron a sus captores.

Temiendo que los norteamericanos llevaran en sus uniformes dispositivos de localización satelital, los guerrilleros les exigieron que se desnudaran por completo y se pusieran unas botas de plástico que resultaron tres tallas más pequeñas que sus pies.

Después de varias horas de caminata, ante la negativa de los secuestrados de continuar por el terrible dolor en los pies, los guerrilleros les ordenaron que cortaran la punta de la botas.

Las imágenes de tres gringos caminando desnudos por la selva con botas pantaneras desagarradas seguramente se verán muy pronto en un cine cercano.

Serán los héroes de la película junto a Meryl Streep, quien probablemente hará el papel de Ingrid Betancourt, la ex candidata presidencial del Partido Verde de Colombia, que sigue celebrando su libertad en Europa tras ser rescatada el pasado julio por el ejército de Colombia junto con los norteamericanos y un grupo de soldados y policías.

A lo mejor la película no entrará en detalles sobre qué hacían en Colombia estos norteamericanos y para quién trabajaban porque el género es de suspenso y no de conspiración. Sin embargo, en la vida no cinematográfica, la caída del avión, así como de otro que llegó al rescate, permitió a los colombianos asomarse a una realidad poco conocida.

Los tres norteamericanos eran empleados de dos filiales de Northrop Grumman, una enorme firma contratista de defensa cuyas operaciones se extienden por Estados Unidos y Europa.

Northrop Grumman es sólo una de una varias multinacionales favorecidas por el gobierno de Estados Unidos con secretos contratos multimillonarios para hacer espionaje, trabajos de inteligencia, misiones de riesgo, interrogatorios y muchas otras actividades que anteriormente eran responsabilidad exclusiva del gobierno federal.

Estas empresas son el símbolo de la privatización de la seguridad nacional, una industria incontrolable y para muchos temible por la falta de transparencia y la casi nula capacidad de escrutinio que puede ejercer sobre sus acciones la sociedad y el Estado.

"Para el Pentágono, la privatización de los programas de entrenamiento militar es una situación que no tiene pierde [. . .] permite a Washington proteger al personal militar mientras que, simultáneamente, retiene la capacidad de influir y dirigir grandes misiones'', dijo Ken Silverstein en su libro Private Warriors. "Los generales retirados tienen más posibilidades de evadir preguntas del Congreso o de la prensa''.

Desde la perspectiva de los defensores de la privatización de estos servicios, accidentes como el de Colombia son la tormenta perfecta: demuestran claramente la utilidad de delegar para evitar situaciones de peligro o humillación de las fuerzas regulares de Estados Unidos.

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