Venezuela, dictadura y democracia

10/05/2007 4:20 PM

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Descubierta para el mundo occidental en 1498 por Cristóbal Colón, y bautizada por Américo Vespucio como una Venecia de pequeñas proporciones, Venezuela ha encarnado una geografía privilegiada con recursos que han servido de plataforma para el surgimiento de las más grandiosos sueños de libertad y prosperidad, pero también para sangrientas aventuras dictatoriales que han llevado al país a las fronteras de la barbarie.

Mucho antes de que el petróleo pusiera a Venezuela en el mapa de la geopolítica mundial, a principios del siglo 20, la ambiciosa campaña de Simón Bolívar había logrado un lugar para el país en la historia universal.

A diferencia de Bogotá, con una destacada vida cultural universitaria, y Quito, con la sapiencia de los seminarios, Caracas era considerada la capital de los cuarteles, una característica que convirtió a la entonces Capitanía General de Venezuela, a principios del siglo 19, en la plaza militar española más levantisca de Sudamérica, y donde de hecho se inició la enorme epopeya por la independencia de España, liderada por Bolívar, que se extendió a media docena de países.

Bolívar reunió en sí mismo las contradicciones de la joven nación que terminó por nacer con la primera proclamación de independencia, el 5 de julio de 1811, y el triunfo de la Batalla de Carabobo, el 24 de junio de 1821.

Al mismo tiempo, el Libertador era un amante de la libertad y del gobierno de los virtuosos, pero impuso una dictadura férrea para llevar a cabo una empresa que selló la independencia de seis países, sin lograr su ambición más preciada, la de unificar las naciones hispanoamericanas en una sola.

Como Bolívar, Venezuela ha sido un país debatido entre su amor a la libertad, y su tendencia a aceptar la imposición caudillesca y dictatorial.

La misma combinación de altos propósitos y maneras autocráticas, distinguiría como un traje a la medida a muchos gobiernos venezolanos de los siglos XIX y XX, especialmente las dictaduras de Juan Vicente Gómez, que se extendió por 28 años hasta 1935, y la del coronel Marcos Pérez Jiménez, una dictadura de una década que llevó el idealismo militar bolivariano y la represión política a niveles nunca vistos hasta entonces, y limitó la libertad de expresión como nunca antes.

Es el mismo traje, según analistas e historiadores, visible actualmente en las reformas constitucionales planteadas hoy en Venezuela, que busca acumular como nunca antes la mayor cantidad de poder posible en manos de una sola persona.

En medio de las autocracias personalistas, los gobernantes venezolanos nunca perdieron la vieja costumbre de los proyectos desmedidos y ambiciosos, un hábito que con la llegada del petróleo alcanzó niveles estratosféricos.

Francisco de Miranda, considerado el venezolano más universal, había concebido primero que nadie la independencia del continente de manos de los españoles a fines del siglo XVIII. Peleó en tres revoluciones, fue amigo de Washington, Pitt y Catalina de Rusia, pero no pudo lograr su sueño.

Bolívar mismo había soñado liberar la Florida del dominio español e incorporarla a su mandato, una aventura de seis meses que terminó en el fracaso en 1817, con la fugaz creacion de la República de las Floridas, que tuvo como presidente al venezolano Pedro Gual, y como capital provisional la pequeña isla de Amelia, pocas decenas de millas al este de Tallahassee.

A mediados de la segunda mitad del siglo XIX, el gobernante Antonio Guzmán Blanco, trató de convertir a Caracas en el París latinoamericano, fabricando incluso un Arco del Triunfo a escala e imponiendo el francés en los círculos sociales de la capital venezolana.

Otro autócrata, Juan Vicente Gómez, impuso con habilidad y mano dura la dictadura más larga conocida en Venezuela hasta ahora, 28 años de dominio entre 1908 y 1935, que según el historiador Manuel Caballero impuso la paz en medio de una constante lucha de caudillos, pero retrasó en 35 años la llegada del siglo XX al país sudamericano.

El inesperado surgimiento del petróleo abrió el país, al mismo tiempo y paradójicamente, a la más inimaginable riqueza, y a una creciente miseria que todavía pervive.

El oro negro trajo la prosperidad que no llegó con los caudillos ni los autócratas, y puso a Venezuela en el horizonte de la economía internacional, y del consumismo capitalista.

Al mismo tiempo que abrió un mundo de posibilidades nunca vistas para los venezolanos de a pie, el petróleo también sirvió desde el principio para afianzar las dictaduras personalistas y los gobiernos despóticos.

La dictadura de Juan Vicente Gómez sostuvo su garra represiva en gran medida gracias a los crecientes créditos que provenían de la explotación petrolera.

Venezuela alcanzó por primera vez el fugaz esplendor de país de primer mundo a mediados de la década de los 50, cuando la Guerra de Corea y la naciente inestabilidad del Medio Oriente, catapultaron los precios internacionales del crudo, generando para la nación sudamericana recursos nunca antes vistos, y que generaron una fiebre megalómana de construcciones e importaciones de productos de consumo masivo, dando inicio al famoso consumismo de los venezolanos.

El petróleo también ayudó a sentar las bases de la democracia en Venezuela, cuando los recursos abundantes comenzaron a circular gracias a las políticas redistributivas de los gobiernos en la década de los 60 y 70, especialmente la administración del presidente Carlos Andrés Pérez, que vivió la bonanza de un nuevo repunte de los precios del crudo luego de la Guerra del Yom Kippur en 1973.

Al mismo tiempo, el oro negro también ha sido factor de pesadillas para la sociedad venezolana.

En 1983, cuando los precios del petróleo ya no podían financiar el creciente gasto fiscal, el país experimentó su primera gran crisis económica, cuando el bolívar debió sufrir una importante devaluación que hizo quebrar numerosas empresas y muchos venezolanos quedaron en la bancarrota.

En 1989, el anuncio de incremento en el precio de la gasolina produjo el primer sacudión social conocido como el Caracazo, que puso al país al borde del caos y produjo centenares de muertos. Tres años después, en 1992, el fantasma del Caracazo inspiró dos golpes de estado, uno de ellos comandado por un entonces desconocido teniente coronel Hugo Chávez.

El comandante Chávez fracasó en su levantona, pero estableció un hito que tendría importantes consecuencias para la vida de Venezuela.

Los bajos precios del crudo, que se llegó a cotizar a $9 el barril, llevaron en 1998 al gobierno de Rafael Caldera al borde de la parálisis, y según analistas, abrió las puertas al triunfo del comandante golpista en las elecciones de ese año, y una nueva era para la política venezolana.

El nuevo repunte de los precios del petróleo, que comenzó en el 2000 en un ascenso que todavía no culmina, han significado el mejor aliado del gobierno de Hugo Chávez, que ya lleva, en 2007, ocho años en el poder.

Según un consenso comúnmente repetido entre intelectuales y especialistas en Venezuela, históricamente la popularidad de los gobiernos venezolanos ha sido directamente proporcional a los precios del petróleo.

De la misma forma, estiman los expertos, la salud de la democracia es con frecuencia inversamente proporcional a los precios del crudo, en la medida en que con abundantes recursos económicos, los gobiernos tienden a aplicar un estilo autocrático de mandato.

¿Volverá una variación en los precios del crudo a modificar el futuro político de los venezolanos? La respuesta, que para algunos es clara, todavía está por verse.

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