Cientos de voluntarios ayudan buscar el cuerpo de Christian Aguilar

10/01/2012 2:53 AM

10/01/2012 3:02 PM

Vinieron para ayudar a un padre a encontrar a su hijo.

Esta corriente diversa de seres humanos -padres y abuelos, un soldado, una camionera, un ex activista de derechos civiles, estudiantes, y muchas otras personas- ha estado fluyendo durante más de una semana, desde sitios tan lejanos como Miami, San Agustín y Tampa, cada una de ellas conmovida por la muerte de Christian Aguilar, el querido adolescente que acababa de iniciar un nuevo y prometedor capítulo de su vida en la Universidad de la Florida.

Unas 24 horas después de que Aguilar desapareciera, su aterrorizada familia viajó desde Miami a Gainesville. Esa noche, Carlos Aguilar y unos cuantos amigos íntimos recorrieron los campos boscosos de un rincón occidental de la ciudad, gritando desesperadamente el apodo de su hijo. Teniendo demasiado terreno que cubrir y muy poco tiempo, Aguilar le pidió ayuda al público, una súplica que se reiteró día a día.

Y cada día se presentaron más personas, a pesar de que las áreas cambiaban, y la gestión de búsqueda pasaba a la de recuperación. Y todos los días, Carlos Aguilar daba gracias a los voluntarios.

Soy el padre de Christian Aguilar. Les agradezco que hayan venido a ayudarme a encontrar a mi hijo”, decía una y otra vez, con la mano derecha sobre el corazón. “Gracias”.

El domingo, 150 voluntarios, así como 50 agentes de policía adicionales y 15 unidades montadas de todo el estado se unieron a la búsqueda, incluyendo el departamento federal de Aduanas y Protección Fronteriza, los jefes de policía de los condados de Lake y Hillsborough, y los departamentos de policía de Orlando y Cayo Hueso.

El mismo día en que Pedro Andrés Bravo —amigo de Christian Aguilar desde su ciudad natal, y ahora sospechoso de su muerte— hizo su primera comparecencia judicial por cargos de asesinato, más de 300 voluntarios estaban buscando el cuerpo de Aguilar, una tarea terrible que se ha convertido en una causa comunitaria.

“Christian era miembro de dos comunidades: un grupo muy unido de amigos y familiares en el sur de la Florida, y luego Christian se convirtió en un Gator”, dijo Ben Tobias, portavoz de la Policía de Gainesville. “A pesar de que Christian estuvo aquí en Gainesville sólo un poco tiempo, al instante se convirtió en un Gator” (o miembro de la comunidad universitaria local).

Aunque el sábado se convirtió en el noveno día de esta gran búsqueda que se ha extendido por la sección suroeste de la ciudad, fue el primer día designado oficialmente como una misión de recuperación.

Aún así, la gente vino, sobre todo porque querían ayudar a la familia Aguilar a iniciar su proceso de sanación.

“Sé que ese muchacho debe de estar por ahí, en algún lugar, y me gustaría ayudar a encontrarlo”, dijo Susan Miller, de 49 años, que viajó desde Newbury y llegó alrededor de las 8:30 a.m. “La familia merece una conclusión, y él merece un entierro digno”.

Conductora de camiones comerciales que recorre el estado en un camión de 18 ruedas, Miller se había mantenido al tanto del caso a través de la radio y la internet. A medida que la noticia se hacía más sombría, decidió que no era suficiente apoyar a la familia desde la distancia. Se integró al tercer equipo de búsqueda el sábado por la mañana, provista de un palo, un mapa topográfico de la ciudad y un sombrero para protegerse del sol del otoño.

“Si pudiéramos localizar el cuerpo”, dijo, “eso también podría ayudar con el caso”.

Aguilar, estudiante de primer año de UF que planeaba estudiar ingeniería biomédica, fue visto por última vez el 20 de septiembre en una tienda Best Buy con Bravo, su amigo y ex compañero de la escuela Doral Academy Preparatory, en el oeste de Miami-Dade. Bravo, estudiante de Santa Fe College, dijo a la policía que atacó a Aguilar y lo dejó ensangrentado y casi sin respirar en el estacionamiento. Posteriormente, la policía encontró sangre en varios lugares de la camioneta de Bravo, y la mochila de Aguilar oculta en el armario de su apartamento.

A lo largo de la semana, un flujo continuo de camiones y autobuses llevó a los voluntarios a las secciones del sur y el oeste de la ciudad. Organizados en equipos, vinieron a buscar a Aguilar, algunos con botas de goma y sombreros, blandiendo machetes y portando mochilas y botiquines de primeros auxilios.

“Estoy aquí porque me importa”, dijo Charity Livingston, de 23 años, residente de Miami y estudiante de UF, que se unió a un grupo de amigos de su iglesia en la búsqueda. “La familia pidió ayuda, así que respondí la llamada”.

Su motivación era un estribillo tan sombrío como familiar: Amigos y extraños estaban aquí por la familia.

Para encontrar una conclusión.

Por Christian.

Habían escuchado las atribuladas súplicas de Carlos Aguilar antes y después de que se presentaran las acusaciones de asesinato: el conmovido padre que juró no irse de Gainesville sin su hijo. Por favor, dijo Aguilar, vengan a registrar los bosques, los matorrales y los humedales en busca del más mínimo rastro de Christian”.

“Van a verme a las 9 de la mañana”, dijo Aguilar, cansado y lloroso, la noche del viernes, después de haber estado con su familia y un sacerdote. “La próxima vez que esté con mi hijo será en la iglesia, para llevarlo a descansar”.

Como siempre, llegó temprano a la búsqueda. Llevaba unos vaqueros negros. Una camisa negra de mangas largas. Y un rosario cuentas negras.

Una media hora después de que comenzara la búsqueda del sábado, llegó el gobernador Rick Scott, que habló con la familia en privado y se unió personalmente a Aguilar para registrar una zona boscosa.

Las imágenes de Christian Aguilar, ahora en innumerables volantes que anuncian su desaparición, obsesionaron a Frank López, haciendo retroceder su mente casi medio siglo para reencontrarse con su propia pesadumbre, y llevándolo a participar en la búsqueda.

En 1965, la hija de López, Felicia, de seis años, murió en una caída accidental. Hasta el año pasado, él y su esposa no se sintieron capaces de poner su fotografía en la sala de su casa, en Archer.

“Yo sé algo sobre ese tipo de dolor”, dijo López, de 76 años y operador de computadoras jubilado, con un suspiro. “Tan pronto como me enteré del caso, lo sentí en mi corazón. Uno mira la imagen, y no puede dejar de pensar que podría ser su hijo, su propio hijo”.

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