¿A quién beneficia el intercambio cultural entre Cuba y EEUU?

07/21/2014 5:09 AM

07/21/2014 9:43 PM

La reciente presentación del trovador cubano Tony Avila, acusado por el grupo opositor cubano Damas de Blanco de participar en actos de repudio en la isla, ha avivado el debate sobre el llamado “intercambio cultural” entre Cuba y los Estados Unidos.

Durante el pasado año fiscal se otorgaron 2,327 visas B1 a cubanos para viajes profesionales y de negocios, 40 por ciento más que en el 2012. La administración del presidente Barack Obama ha favorecido una política de mayor intercambio con la isla y ha otorgado más licencias de viajes a ciudadanos norteamericanos para contactos “pueblo a pueblo”.

Estas medidas –junto a la reforma migratoria que aprobó el gobierno cubano en el 2012 que flexibiliza los viajes de los ciudadanos cubanos al exterior– han convertido a Miami en un mercado más para los artistas cubanos.

De ambos lados, sin embargo, las críticas no han faltado. Quienes cuestionan esta política desde Estados Unidos, aducen que no existe un verdadero intercambio, pues músicos cubanos reconocidos como Willy Chirino, Gloria Estefan o Paquito D’Rivera no pueden presentarse en la isla.

Hugo Cancio, quien desde hace más de 20 años ha sido un ardiente promotor de la música cubana en Estados Unidos, aseguró a el Nuevo Herald haber trasmitido mensajes a Chirino de que “él podía ir a cantar a la isla. Yo he abogado para que Willy vaya a cantar y la respuesta ha sido positiva, pero él no va a Cuba a cantar porque pone sus condiciones”, dijo.

Cancio aclara que el intercambio cultural es entre países y “no entre el país y sus emigrados” y mencionó el anunciado viaje del multipremiado cantante y jazzista Bobby McFerrin, quien espera participar en septiembre en la apertura del VI Festival Leo Brouwer de Música de Cámara.

Pero esta distinción implicaría que artistas como Chirino, que llevan décadas viviendo en los Estados Unidos y llegaron siendo niños, vendrían a ser un poco menos “estadounidenses” que el resto, debido a su origen.

Otros músicos cubanos que abandonaron el país en los 90, como Isaac Delgado, Manuel “Manolín” González (conocido como “El Médico de la Salsa”) y la rockera Tanya Rodríguez, han regresado a vivir a Cuba, aunque su reinserción en la vida cultural de la isla ha sido limitada, con excepción de Delgado, quien cuenta ya con el apoyo de una agencia estatal de música.

Sin dudas, el intercambio es selectivo, lo cual no es exclusivo del campo musical, pues el estado cubano ha ido lentamente recuperando figuras literarias, casi todas muertas, en un proceso de reconstrucción selectivo de la memoria y el patrimonio cultural cubano.

Por su parte, en Cuba, los debates políticos que suscitaron en Miami músicos como Avila o Francis del Río –quien pidió la liberación de tres agentes cubanos convictos, de un grupo inicial de cinco, en un programa de televisión del canal América TV–, alimentan la propaganda que reproduce el estereotipo de Miami como la “Ciudad del Odio” y la visión de la comunidad cubanoamericana como “la mafia anticubana”.

La participación en el programa del periodista Juan Manuel Cao de Héctor Díaz Yáñez (Hectico DJ) –quien dirige la compañía más poderosa de espectáculos en Cuba, PMM–, fue proyectada en Cuba en una pantalla a estudiantes universitarios y discutida como ejemplo de desafío a “la industria del anticastrismo”.

Por supuesto, en los medios estatales no se menciona el hecho de que los músicos cubanos ya son parte habitual de los programas de la televisión hispana y que regularmente actúan en teatros y lugares nocturnos de Miami, que es mucho más de lo que pueden hacer los músicos cubanoamericanos en Cuba.

Pero más allá del uso político del intercambio, muchos se preguntan a quién este beneficia. Un ejemplo concreto es el rap cubano. El intercambio cultural ha generado autonomía dentro de escenas musicales como el hip-hop, que no cuenta con el apoyo oficial como otros géneros, ni con un mercado en la isla que le permita desarrollarse.

La relación del hip-hop con el estado cubano ha sido complicada desde la década de los 90 y ha estado marcada por los repetidos intentos del estado por marginar a esta manifestación artística. El rap se ha convertido en un espacio crítico que ha comentado sobre la discriminación racial, la situación económica y social en la isla así como la necesidad de un cambio político, entre muchos temas.

Raperos que están viviendo y trabajando temporalmente en los Estados Unidos como Silvio Liam Rodríguez (Silvito “El Libre”), hijo del cantautor Silvio Rodríguez, y Aldo Baquero, del dúo Los Aldeanos, estaban censurados en Cuba. Aquí se encuentran produciendo música que luego pueden circular dentro de la isla.

Recientemente, el rapero David Escalona, miembro de Omni Zona Franca –un grupo que combina distintas manifestaciones artísticas con el trabajo comunitario en el inhóspito barrio de Alamar, cuna del hip hop cubano– fue hostigado por la Seguridad del Estado cuando pensaba presentarse en un concierto en Villa Clara al que asistirían religiosos de Estados Unidos.

En abril de este año, en un conversatorio organizado por el Instituto de Estudios Cubanos, en la Universidad Internacional de la Florida, David Escalona había señalado que gracias al intercambio, podía llevarse de vuelta la tecnología necesaria para montar un estudio casero donde producir su música y la de otros colaboradores.

En una reunión que los estudiantes cubanos que tomaron cursos en el Miami Dade College sostuvieron con la junta editorial de este periódico en junio, el rapero Soandres del Río Ferrer (conocido como “Soandry”, del grupo Hermanos de Causa), comentó acerca del festival independiente Puños Arriba, un ejemplo de la autogestión que ha logrado el movimiento de hip hop.

“Es el evento independiente más importante que se está realizando en el caso del rap. El festival Puños Arriba busca aglutinar, que los músicos profesionales interactúen con los músicos underground y demostrar a la gente el poder que tiene la asociación de los grupos. Estamos sentando las bases de la sociedad civil en Cuba”, afirmó Soandry.

Estos raperos cuentan, además, con el entusiasmo y apoyo de Pedro Vidal, director de Cuban Soul Foundation, una organización sin fines de lucro que ha recreado en Miami un lugar antológico para los raperos de La Habana: La Madriguera.

La fundación ha invitado a más de veinte artistas alternativos y les ha brindado tecnología, entrenamiento para producir música y gestionar proyectos, además de un espacio donde presentar su obra.

Esta reportera ha comprobado que en La Madriguera de Miami no se cobra la entrada ni la bebida aunque se aceptan donaciones. Bajo las leyes del embargo y las regulaciones de la OFAC, los artistas residentes en la isla no pueden recibir “pagos” bajo contratos, pero pueden recibir dinero para gastos diarios (o per diem) y también donaciones.

Sin embargo, no todos los promotores de la música cubana cumplen a cabalidad estas regulaciones, ni todos los músicos vienen a tocar a cambio de la experiencia de conocer los Estados Unidos. Traer a Miami a músicos cubanos populares, puede ser un buen negocio.

“Los trámites no son diferentes para invitar a cualquier músico de otro país”, asegura Cancio. “Muchos de estos músicos tienen ya visas por cinco años con entradas múltiples y los permisos de trabajo que se obtienen con el formulario I-129 pueden durar hasta dos años”, señaló.

Pero aunque estos artistas posean estos permisos de trabajo, en la práctica no pueden cobrar legalmente. Mientras tanto, aunque el embargo limita las transacciones con cubanos residentes en la isla, es perfectamente legal tener una compañía radicada en Estados Unidos que promocione a los grupos musicales cubanos, como Fuego Entertainment de Hugo Cancio y Blue Night Entertainment de Javier Ortiz.

Un músico cubano que accedió a hablar con el Nuevo Herald, dijo que un concierto de un grupo que sea popular en Cuba puede generar en Miami hasta $30,000 de ganancias para los artistas, aunque los músicos de la banda usualmente cobran mucho menos, equivalente al per diem.

Otro promotor que no quiso ser identificado, explicó que los dueños de los lugares donde actúan estos músicos se quedan con las ventas de las bebidas, que pueden llegar hasta los $200,000 en una noche, mientras que el dinero de las entradas va a los productores, quienes sacan sus gastos, pagan a los músicos y se quedan con la cantidad restante como ganancia.

De vuelta a Cuba, directores de estos grupos de reggaeton o salsa, manejan carros por los que pagaron hasta $20,000 en la isla. “Esto ya es un negocio, todos los artistas de la isla te piden dinero, algunos bastante para venir”, dijo.

Es probable que los músicos vean ahora al intercambio como una oportunidad de negocio en la que exigen participar, al ver los beneficios que sus presentaciones pueden generarles a otros. Pero más allá de los músicos, probablemente los que despiertan más interés mediático, muchos artistas y académicos también valoran la posibilidad del diálogo entre las dos orillas.

En la Universidad de Miami, la profesora Lillian Manzor ha impulsado el Archivo Digital del Teatro Cubano, un proyecto de la Colección de Herencia Cubana de la biblioteca y del Centro de Estudios Latinoamericanos. “Nos proponemos salvaguardar la herencia patrimonial del teatro cubano —dondequiera que este se escriba o se monte— y difundir esta historia mediante las nuevas tecnologías”, escribió Manzor en un artículo reproducido en Cuba.

La creación de un archivo digital implica grabar las actuaciones de los grupos teatrales, por lo que la posibilidad de viajar a la isla es vital. El Archivo también participa en la organización de presentaciones de grupos cubanos en Estados Unidos y de obras de dramaturgos emigrados en Cuba –como el estreno en La Habana de Ana en el Trópico del ganador del Pulitzer, Nilo Cruz–, lo que ha contribuido a revitalizar la escena teatral cubana.

En la plástica, el flujo de artistas yendo y viniendo de la isla también ha aumentado. Reconocidos pintores que abandonaron el país en la década del 90, como Tomás Sánchez y Ricardo Rodríguez Brey, han expuesto por primera vez en dos décadas y artistas que cuentan con el apoyo oficial como Roberto Fabelo y Manuel Mendive, han expuesto sus obras en Cayo Hueso y en Miami.

En la exhibición titulada Una Raza/One Race con sede en varias instituciones de Cayo Hueso, Fabelo y Mendive compartieron el espacio con la obra crítica de los cubanos Sandra Ramos, Eduardo García O’Farrill y del artista cubanoamericano Xavier Cortada. “El hecho de que una artista como Sandra Ramos se haya establecido en Miami ilustra el cambio de percepción sobre Miami, de guetto a ciudad global, que puede ser un mercado importante para el arte cubano”, destacó la curadora cubanoamericana Liz Cerejido.

Cerejido, quien está organizando un viaje de artistas cubanoamericanos a Cuba con el apoyo de instituciones cubanas y estadounidenses, señaló que el intercambio cultural también beneficia a aquellos, en la medida que les permite conectarse con la isla y su contexto, lo cual es muy valorado dentro del mercado del arte norteamericano.

Leyden Rodríguez Casanova, joven artista que llegó junto a sus padres durante el éxodo del Mariel, es uno de esos artistas cubanoamericanos que han expuesto en Cuba y en Miami. En una entrevista con NPR, Leyden resumió así el tema: “siempre ha parecido que Miami y La Habana han estado tan distantes. Y están tan cerca, no solo en términos físicos sino también culturales”.

Pero como apuntó Cerejido, “es importante viajar y tener esa experiencia”.

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