La primera dama de Cuba en el recuerdo

07/27/2014 12:00 AM

07/28/2014 2:14 PM

Otro 26 de Julio. En La Habana los fieles a los hermanos Castro brindaban por el inicio de la revolución, hecho prehistórico del siglo pasado. En el Versailles y en La Carreta, saboreando una taza de café bajo el sol de Miami, exiliados lamentaban la fecha. Mientras en Cuba y en la Florida muchos recordaron al joven Fidel y sus sueños de imperio y a Fulgencio Batista y sus aspiraciones caudillistas, muy pocos hablaron de la señora elegante y bella que fue la primera dama de Cuba de 1952 a 1959.

Se llamaba Marta Fernández de Miranda y me salvó la vida.

En octubre del 52 fui una de las primeras víctimas de la epidemia de poliomielitis que acosó la isla. Vivía en Guantánamo. No sabiendo qué hacer conmigo, los médicos optaron por aislarme, encarcelando a mi madre y a mí en una casilla en las afueras del hospital. Asignaron como guardia un soldado con órdenes de “no dejar sacar al niño de ese lugar”.

Los médicos anticipaban mi muerte, puesto que tenía el cuerpo doblado como la letra “U”. Y con mi muerte, quizás la polio se iría de Guantánamo. El consuelo que un doctor le dio a mi padre fue: “tú y tu esposa son jóvenes, tendrán más hijos”.

Mi padre entendió que en Guantánamo se arriesgaba mi vida; mi salvación era La Habana, donde estaban los mejores recursos médicos. Se le ocurrió un plan: apoderarse de un jeep militar —para que nadie lo detuviera— rescatarme del calabozo y llevarme a la capital, de un modo u otro.

Su jefe, el alcalde de Guantánamo, Ladislao Guerra Sánchez, captando la locura del plan, sugirió una alternativa: “Nadie aquí se preocupa por tu hijo; todos los padres están pensando en sus familias. Tienes que pedirles que te ayuden a llevarte a tu hijo de Guantánamo para el beneficio de todos. Pero necesitas la ayuda de la primera dama.”

¿Por qué la primera dama? Tenía fama de ser bondadosa y se conocían las muchas obras de caridad que hacía y de su participación en la construcción de centros médicos para niños. Pero también eran momentos difíciles, caracterizados por la inestabilidad política. En menos de un año jóvenes rebeldes asesinarían a oficiales de Batista y soldados batistianos lucharían contra esos rebeldes. ¿Cuán importante sería el destino de un niño ante el destino frágil de la isla?

No obstante, mi padre, quien era masón, les pidió a los hermanos de su logia que enviaran telegramas a la primera dama; sus familias hicieron lo mismo. En las afueras del hospital aparecieron carteles: “Salven a nuestros hijos. Saquen a Danilito de Guantánamo”. El alcalde Guerra Sánchez telefoneó a la primera dama, a pesar de que no era del partido político de Batista.

Tres días después de mi rechazo por los médicos de Guantánamo, un avión militar aterrizó en el aeropuerto local. Un convoy de oficiales y soldados se dirigieron al hospital para llevarme a La Habana.

En la capital fui ingresado en Las Animas, hospital famoso de la isla. El tratamiento procedió con rapidez: con toallas calientes sobre mi cuerpo, me acostaron en una cama estrecha, construida de madera, donde me amarraron para enderezarme. Al paso del tiempo respondí y solamente la pierna derecha quedó afligida, delgada como un fideo y con músculos débiles, suaves, descoloridos.

Ya bien, mi padre y yo visitamos a la primera dama. Ella me cargó en sus brazos mientras hablaba por la radio. Por invitación de ella, fui a una fiesta de niños en una casa privada. El pastel de chocolate que comía se me cayó. Una foto en un periódico me capto sonriendo, la camisa manchada de chocolate.

La primera dama consiguió empleo gubernamental para mi padre. De vez en cuando, mi padre le comunicaba mi progreso. No la vimos otra vez. Al triunfar Fidel, ella y su familia se exiliaron.

En los primeros años del régimen castrista, uno de los líderes más populares de la revolución desapareció en un accidente de avión. Como Camilo Cienfuegos era buen mozo y le gustaba ponerse un sombrero de vaquero, parecía un actor de Hollywood en un western. A los niños les caía bien.

Cuando se reportó erróneamente que él había sobrevivido el accidente, los muchachos en mi barrio marcharon por la cuadra, bandera cubana en mano. “Viva Camilo”, gritaron. Marché con ellos. En el portal de la casa, mi padre le dijo a mi madre: “ ¿Qué diría la primera dama si lo viera celebrando a un rebelde?”.

No se hubiera quejado. Si su esposo representó una época de caudillismo y Fidel dictadura completa y total, la primera dama fue un suspiro de esperanza y aliento en el torbellino mundial. Ella hubiera celebrado el hecho de que el niño a quien ayudó podía corretear con otros niños y disfrutar de una vida normal.

Coautor y coeditor de la ‘Encyclopedia of Cuba’ y creador y editor de la ‘Encyclopedia of Caribbean Literature’.

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