El amor todo lo puede, todo lo vence y todo lo soporta...
Por MANFRED ROSENOW
Especial para El Nuevo Herald
Mi esposo es venezolano y hace casi 2 años que estamos casados. Yo soy nacida en este país, de padres cubanos. El era divorciado y su ex esposa está en Venezuela, pero cuándo él vino a este país de vacaciones trajo a sus dos hijos y a su mamá y, como la situación allá es cada vez más caótica, decidió quedarse para luego mandar a buscar a su esposa. De esto hace como 7 u 8 años.
La ex esposa se cansó de que pasara el tiempo y él no quería regresar, y a ella no le daban la visa para venir para acá y quiso el divorcio, pues encontró nueva pareja allá y se divorciaron.
Cuando yo lo conocí, él vivía solo, y como tenía un buen trabajo le rentaba un apartamento a su mamá y tenía a sus dos hijos con ella. Yo salí embarazada pero a los 4 meses perdí la criatura, lo cual fue un golpe muy duro para mí (era mi primer embarazo).
Hasta aquí todo marchaba bien. Yo le puse los papeles para la reclamación de mi esposo y los niños y ya estamos a punto de que le otorguen la primera residencia condicional.
Pero ahora el problema es el siguiente. Su mamá se enfermó y regresó a su país, Venezuela. Ahora los chicos viven con nosotros y desde que están aquí, esta casa dejó de ser un hogar porque son majaderísimos, desobedientes, se portan mal en el colegio y la vida se ha vuelto intolerable y mi esposo y yo nos pasamos la vida disgustados y peleando por causa de estos dos muchachos, que tienen 10 y 12 años.
Yo le dije a él que no aguantaba más, que había que resolver este problema (que sé que no es fácil), pero si no, me divorcio. Ahora él me dice que si después de que le den la residencia a él y a sus hijos, si no estamos casados y viviendo juntos, no le van a dar la residencia definitiva y que entonces a los tres los deportarían para Venezuela y que eso sería como matarlos.
Yo quiero saber si es verdad eso que él dice, pues yo sigo enamorada de él y sé que él lo está de mí, pero la situación es insoportable, esos muchachos cada día están más rebeldes y él como es su papá, los defiende mucho.
Yo sé que el único camino es el divorcio, pero a la vez no quisiera que les pasara nada, y menos que los deportaran, sabiendo además que allá lo único que tendrían serían más problemas.
(Nombre en reserva, a solicitud)
Miami
¡Ay, Dios! Y yo que pensaba que mi cumpleaños iba a ser una fecha placentera y descansada, y (precisamente hoy, cuando abro mi correo) me encuentro con semejante desafío a mi sabiduría --que es minúscula--y a mi buen juicio -- que es todavía menor...
Apreciada señora, yo no sé si de aquí al final de estas líneas sabré brindarle el sapientísimo consejo que usted necesita, pero lo que voy a hacer a cambio es ofrecerle el testimonio de mi respeto y admiración por su PROPIA sabiduría, que inconteniblemente se abre paso entre sus líneas por mucho que usted la quiera esconder. Usted no sólo SABE las respuestas que me solicita sin que yo se las sugiera o se las explique, sino que el hecho de escribirme en los términos en que lo hace demuestra el calibre de su formación moral, espiritual y humana, que yo valúo eminentemente respetable.
No es que yo trate de disminuir la seriedad, o la gravedad, si usted quiere utilizar ese término, de los problemas que me relata, sino que sólo una mujer joven muy sensible, muy bien formada, e ---¡importante!--muy valiosa, puede percibir con toda la claridad que usted lo hace, el imperativo moral que se le ha presentado. Gracias a Dios, ese imperativo, aunque aparentemente difícil en términos sicológicos, es "pan comido'' en su dimensión ética -- es fácil, es chispeante como burbujas, es lo más delicioso del mundo.
Amé mucho a ese señor, ámelo el triple de lo que lo ha hecho hasta ahora, y verá lo que pasa... ¡Hasta esos chicos malcriados se le volverán ángeles....! Después me cuenta.
MANFRED ROSENOW es un abogado y periodista de Miami especializado en temas de inmigración. Escríbale a El Nuevo Herald, 1 Herald Plaza, Miami, FL 33132.
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