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El lucrativo mundo de la lucha atrae a muchos


LA CAMPEONA de lucha, Jillian Ferguson (der.), aplica una técnica a su contrincante durante un 
campeonato en Pompano Beach.
LA CAMPEONA de lucha, Jillian Ferguson (der.), aplica una técnica a su contrincante durante un campeonato en Pompano Beach.
ANDREW ULOZA / The Miami Herald

rsamuels@MiamiHerald.com

Un camionero sin trabajo y una bióloga convertida en camarera se desplazan en medio de un cuadrilátero de lucha de 18 por 18 pies en un almacén apestoso y caluroso de Pompano Beach.

Lanzan patadas voladoras, saltan uno por encima del otro y rebotan hasta salirse de las cuerdas --sin que realidad se hagan daño-- hasta que Kimberly Whitehead le da una patada a su compañero en la mandíbula.

"Lo siento mucho'', le dice.

Whitehead abandonó hace poco la Universidad Florida Atlantic y se inscribió en la Universidad Body Slam de Jimmy Snuka, donde gerentes de oficinas, guardias de seguridad y un terapeuta profesional aprenden el arte de la lucha profesional, que incluye cómo no patear a su compañero de prácticas en la mandíbula.

Todos los meses los estudiantes pagan $100 por aprender a aplicar una llave de piernas, aplastarle la cara a alguien contra las cuerdas sin sacarle los ojos y golpear la cabeza de un rival con una silla sin enviarlo al hospital.

Batallando contra casi lo imposible, sueñan con ganarse un puesto en el lucrativo mundo de la lucha profesional, algo parecido a lo que hizo "Superfly'' Snuka, un luchador de Fiji --quien en algún momento pareció estar cincelado y es miembro del Salón de la Fama de la Lucha-- que tiene familia en Davie y es uno de los dueños de la empresa.

Estudiar aquí puede resultar doloroso. Además de los habituales golpes y magulladuras, Fernando Jiminez, un guardia de seguridad de 22 años, sufrió una conmoción cerebral y se le colapsó un pulmón.

"El día que se me colapsó el pulmón, todos me apretaban el pecho con los antebrazos'', cuenta Jiminez. "Tuvieron que hacerlo unas 60 veces. Me dolió, pero pensé que no era nada mayor. Días después, en el cuadrilátero, sentí de pronto que algo se me rompía en el cuerpo.

No obstante, los sueños de Jiminez lo hacen seguir luchando.

"Lo que uno busca aquí es tener a los fanáticos comiendo de la mano'', indicó Jiminez. ‘‘Podemos hacer que nos quieran o nos odien. Estudié Psicología en la universidad, pero creo que esto es algo que debo hacer ahora, cuando tengo la oportunidad''.

La primera lección que Jiminez aprendió fue cómo caer sin dañarse. La gracia y la fluidez llegan con el tiempo y la práctica.

Sin embargo, la lección más dura no tiene nada que ver con la intensa acción física, dijo Dan Ackerman, quien en el 2004 fundó la escuela con Bruno Sassi, antiguo compañero con quien hacía pareja de combate. Lo más importante es aprender a comunicarse con el rival, lo que se consigue dándole señales sutiles de la próxima maniobra, de manera que los luchadores anticipan el próximo movimiento del otro.

En cinco años, sólo un estudiante de la academia --un luchador de World Wrestling Entertainment conocido como MVP-- se ha convertido en una verdadera estrella. Otros se han ido a luchar, con éxitos modestos, a Georgia, España y Japón.

Triunfar como luchador "es mucho más duro de lo que parece'', señaló Ackerman.

Los novatos deben mostrar sus habilidades en espectáculos mensuales en el almacén ante unas 100 personas, entre amigos y fanáticos que llegan desde el Bar Circus al cruzar la calle. Ackerman anuncia los eventos en el terreno frente al almacén.

"Estas actividades son importantes porque dan a los estudiantes la oportunidad de luchar ante el público'', dijo Ackerman. "También nos ayuda a forrarnos'', añadió, lo que es importante porque muchos estudiantes abandonaron las clases debido a la mala situación económica.

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