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El muro de la Ermita: refugio espiritual de los cubanos

The Miami Herald

Cuando hay buena luz, uno puede pararse en el muro de contención detrás de la Ermita de la Caridad en Coconut Grove y ver con claridad del fondo de la Bahía de Biscayne.

Hay un montón de monedas, cada destello de cobre y níquel un ruego al destino. En cualquier tarde se puede escuchar el plop plop plop de las monedas al caer al agua. También hay uno que otro billete de dólar y uno se pregunta si habrá alguien lo suficientemente desesperado como para lanzarse al agua.

Mirar las aguas de poca profundidad es como meditar. Este lugar, que el aire bate constantemente, detrás de la Ermita de la Caridad, que lleva el nombre de la patrona de Cuba, es tan conmovedor como el edificio mismo, que se parece a una virgen de 90 pies cubierta por un manto y contemplando el mar.

Ese muro es el lugar de reflexión de Miami, un centro de constantes rituales. Muchas personas vienen aquí para deshacerse de algo que los ha afligido: el anillo de un compromiso roto, el bastón tras una lesión, las llaves de una casa de los sueños ahora perdida.

La salvadora energía del muro es lo que atrajo a Carmen Penalva cuando salió recientemente de un tribunal de Miami y se dirigió directamente a la Ermita. Luego se sentó en el muro, la cabeza entre las manos, a rezar por su hijo de 15 años.

"Lo arrestaron por robo pero probablemente sólo lo condenen a servicio comunitario'', dijo Penalva, gerente de una compañía de exportación. "Yo quería que el juez fuera más duro. Mi hijo se corta [su propio cuerpo]. Está deprimido. Se pone violento. Yo estoy sola y realmente ya no puedo con él''.

Penalva le rezó a la Caridad y lanzó siete centavos a la bahía a nombre de la Virgen de Regla.

"Ella es madre. Le pedí ayuda para mi hijo'', dijo. Fue aquí donde, hace 16 años, Penalva lanzó al mar las cenizas de su padre. "Lo hicimos cuando nadie estaba mirando. Este es lugar más cercano a Cuba. Representa un poquito de todos nosotros''.

En el extremo norte del muro, donde la histórica Vizcaya sirve de frente de las torres de Brickell Avenue, un Elegguá --el dios de la Santería que abre los caminos-- contempla la superficie del mar con sus ojos de conchas. En el extremo sur, cerca del Hospital Mercy, algunos collares de santería se enredan a una roca, las cuentas amarillas y ámbar de Ochún, las azules y blancas por Yemayá.

¿Por qué se deshace un creyente de su protector Elegguá o de sus sagrados collares? Quizás haya muerto y algún ser querido los haya dejado allí. ¿O los arrojó el creyente en un rapto de cólera contra los dioses? Y esos blancos pétalos de rosa que flotan hacia uno, ¿fueron arrancados uno a uno y lanzados a la bahía por una persona que sufre? ¿O quizás está agradecida?

Los exiliados cubanos se sienten atraidos a este lugar desde hace décadas. Se paran aquí, tratando de ver, más allá del horizonte, la patria perdida. Algunos dan gracias. Otros vienen para implorarle desesperados a la Caridad que les devuelva los seres queridos perdidos en el mar. El santuario es el primer lugar al que muchos vienen tras llegar de la isla, en cumplimiento de sus promesas a la Virgen cuando le rogaron que les permitiera alcanzar la libertad. El muro, a pocos pies de distancia, es su segunda parada. Algunas veces, como en el caso del padre de Penalva, también es el último.

Muchos exiliados quieren que éste sea su último lugar de descanso, frecuentemente porque no pueden ser enterrados en Cuba y tienen que conformarse con la segunda mejor opción. O porque sus familias no tienen suficiente dinero para un entierro católico y porque traer las cenizas al lugar que tanto representa de la espiritualidad y el patriotismo cubanos parece la alternativa más digna, no importa lo que diga la Iglesia.

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