La familia: la gran víctima del castrismo

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Por ANDRES REYNALDO
El Nuevo Herald
La principal víctima del castrismo ha sido la familia cubana. Desde 1959, al dividir la sociedad en revolucionarios y contrarrevolucionarios, el régimen fomenta una escisión en todas las esferas de la vida nacional. Bajo una extrema coacción policial y social, el ciudadano deberá regirse entre estas categorías absolutas, a riesgo de quedar inscrito en esa multitudinaria lista de los que no pueden desempeñar determinadas labores, estudiar tal o cual o ninguna carrera ni viajar al extranjero. Aquellos que se resisten a caminar sobre esta sórdida frontera sólo tienen dos puertas abiertas: la prisión o el exilio.
Con la revolución todo; contra la revolución nada (eco del mussolinista Todo en el estado, nada fuera del estado, nada contra el estado) se alza en paradigma del régimen, suprimiendo las referencias morales. Un Testigo de Jehová será clasificado como contrarrevolucionario y un estafador convicto podrá llegar a general. Una vez que la Revolución (siempre con mayúsculas en la ortografía oficialista) impone su universal meridiano, es mutilado el papel de la familia en la creación y salvaguarda de los valores, así como su tradicional condición de santuario.
Aún las "familias revolucionarias'' han sido desgajadas por el brutal proceso de reorganización social. No olvidemos que la Seguridad del Estado vigila dentro de la familia, mientras que los Comités de Defensa de la Revolución --los CDR-- se encargan de que las familias se vigilen entre sí. La dinámica movilizativa del castrismo disloca igualmente la comunidad del ocio, impidiendo la profundización de los lazos, la supervisión adecuada de menores y ancianos y, con devastadora frecuencia, unas satisfactorias relaciones sexuales y emocionales entre las parejas. Agréguense a este perturbardor marco los problemas de vivienda y la escasez generalizada de bienes y alimentos a lo largo de 48 años. Carl Sandburg, el gran poeta norteamericano de la solidaridad y el trabajo, decía que el tiempo es la única moneda de nuestras vidas. "Ten cuidado'', advertía. ‘‘No vayas a dejar que otros la gasten por ti''. Al adueñarse del tiempo de la persona, la revolución (entre nosotros, con minúscula) llevó a la familia a la bancarrota.
El presidio político, sin paralelo en ninguna nación occidental, incluyendo los períodos de ocupación durante las guerras mundiales, supone una herida irrestañable para los hogares cubanos. Sobre todo, considerando la viciosa aplicación de la pena de muerte en las décadas de 1960 y 1970. Todavía hoy, Cuba exhibe el mayor índice de prisioneros de conciencia del hemisferio.
Sin embargo, el exilio constituye, por su volumen, diversidad y continuidad, la fractura fundamental del tejido familiar del país. De hecho, la energía motivacional del exiliado en su valoración del castrismo surge de esa insoslayable desgarradura. Lamentablemente, la extensión de este artículo no permite mostrar con amplitud casos y datos, a fin de hacernos una idea cabal de este fenómeno.
Baste decir que Miami es la segunda ciudad de población cubana después de La Habana, superando con creces a Santiago de Cuba. Con alrededor de 11,382,820 de habitantes en el 2006, Cuba ha lanzado al exilio cerca de 1.8 millones. Según el Censo de Estados Unidos del 2000 hay 477,405 hogares encabezados por cubanos en suelo norteamericano; 269,868 de éstos en los condados Miami- Dade y Broward. La estadística ofrece una reveladora lectura si contamos con que el número de hogares en La Habana, por información oficial de la isla también del 2000, es de 649,153, con una población de unos 2,400,000 habitantes.
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