Heroínas olvidadas del presidio político
Por MYRIAM MARQUEZ
The Miami Herald
Pasó 16 años, nueve meses y cuatro días en las cárceles de Fidel Castro, pero a Georgina Cid todavía la atormenta lo que ocurrió el 7 de diciembre de 1969. En aquel frío amanecer de diciembre de 1969, estando presa, la llevaron a una habitación en una granja de trabajos forzados en las afueras de La Habana que tenía el nombre orwelliano de América Libre. Dos interrogadores le dieron, como opción única, un ultimátum imposible: denunciar las actividades anticastristas de su grupo o que mataran a su hermano mayor que había estado realizando acciones respaldadas por la CIA desde Miami.
Georgina ya había perdido a su hermano menor, Eladio Jr., durante la dictadura de Fulgencio Batista en el ataque de la policía a la embajada de Haití donde el joven había buscado asilo en 1956. Y ahora tenía que enfrentarse a estos dos sujetos sólo meses después de que su padre, Eladio, muriera de un infarto cuando era interrogado por las fuerzas de Castro. ¿Acaso suponían ellos que debía ayudar al régimen? "Les dije: ‘Estoy dispuesta a entregar mi vida por la de mi hermano porque él es mejor de lo que yo soy, y más útil también'', dijo, mientras se limpiaba las lágrimas en su casa de Miami. ‘‘Pero no puedo hacer eso. Esto es una lucha, y no puedo arriesgar la seguridad de nadie para salvar a mis seres queridos''.
Francisco "Paco'' Cid --golpeado, demacrado y esquelético mientras abrazaba por última vez a su hermana presa-- fue ejecutado frente a un pelotón de fusilamiento, dejando a su viuda Ofelia Rodríguez en la cárcel y a un hijo pequeño.
Miles de mujeres como Georgina Cid han tenido que tomar decisiones terribles. Pero mientras los prisioneros políticos han capturado el mayor interés, las mujeres, en gran medida, han tenido que mantener en privado sus recuerdos.
Cuando fueron puestas en libertad en los años 1970s y 1980s, pasaron a reconstruir sus vidas en el sur de la Florida. Algunas consiguieron títulos académicos, otras tuvieron que hacer trabajos domésticos. Muchas se casaron con antiguos prisioneros políticos, los que mejor comprendían su dolor y su orgullo.
Ahora, en el crepúsculo de su batalla, las antiguas prisioneras políticas que quedan - muchas de ellas llamadas plantadas porque rehusaron los programas de reeducación marxista - comparten un vínculo precioso. Sus historias, que raramente se escuchan fuera de los círculos de cubanos exiliados, son un testamento a su intrepidez y a su espíritu de desafío en una época cuando se esperaba que la mayoría de ellas - cubanas y americanas por igual - fueran dulces amas de casa y no armadas conspiradoras por la democracia.
Georgina Cid no había cumplido los 25 años cuando fue sentenciada a 20 años en 1961 por esconder una pistola "para conspirar contra los poderes el estado'', contra una revolución que ella había abrazado tras la muerte de Eladio hijo.
Cuando llegó a Miami en 1979 se había convertido, como tantas otras cubanas de su época, en un símbolo de un doloroso orgullo que jamás pudo ser quebrantado por sus brutales carceleros.
La mayoría de las presas políticas habían defendido la revolución pero se volvieron contra ella cuando Castro dejó de hablar de construir una democracia y, en vez de eso, se puso a hacer cárceles.
Así que las mujeres escondieron a jóvenes conspiradores, prepararon cócteles Molotov, trasladaron armas y distribuyeron propaganda anti-castrista. Se robaron las armas de sus padres fidelistas para llevarlas a la clandestinidad, aprendieron a montar estaciones de radio para hablarles a las masas o, como Zolia Aguila, conocida como la Niña del Escambray, subieron a las montañas de la parte central de Cuba para combatir contra el nuevo ejército revolucionario. Hicieron de todo con la esperanza de que el pueblo se alzara contra el dominio comunista de su joven nación. No era fácil hacerlo en un clima de terror alimentado por una TV que, todos los días, durante horas, mostraba sangrientos fusilamientos.
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