50 años de culto a la personalidad

Por WILFREDO CANCIO ISLA
El Nuevo Herald
La figura de Fidel Castro se ha entronizado en el imaginario popular cubano durante medio siglo. Tanto apologistas como detractores --dentro o fuera de la isla-- han vivido estos años atrapados en la omnipresencia de su imagen, en la implacable persistencia de sus discursos y la teatralidad de su gesticulación. Incluso en la larga convalecencia que marca su etapa final, el espectro de Castro mantiene una hegemonía mediática que desborda cualquier comparación con la cobertura recibida por otros moribundos ilustres entre sus contemporáneos.
No sería aventurado pronosticar que el culto al ícono de Castro prevalecerá algún tiempo en Cuba, aupado por iniciativas de reafirmación simbólica que se manifiestan con creciente persistencia en los medios oficiales en tanto se esfuma la anunciada recuperación del líder octogenario.
En los umbrales de la despedida, el enaltecimiento del enfermo ilustre ha cobrado tintes novelescos.
El más reciente de los esfuerzos de adulación es una representación en el llamado "bosque martiano del Ariguanabo'', en San Antonio de los Baños, del encuentro entre Fidel Castro y su hermano Raúl en Cinco Palmas, el 18 de diciembre de 1956. El sitio ha sido conformado por cinco ejemplares del árbol nacional y dos piedras que --según la descripción publicada-- "exponen el diálogo'' entre los dos combatientes al reunirse tras el accidentado desembarco por Playa Las Coloradas y la conocida frase de Fidel: "¡Ahora sí ganamos la guerra!''
Este año ha estado particularmente plagado de alabanzas. El VIII Congreso de los periodistas cubanos le otorgó el Premio Nacional de Periodismo y concluyó con el lanzamiento del libro Fidel periodista en una actividad pública para la que artistas plásticos elaboraron una imagen de su rostro transformado en un tocororo, el ave nacional.
La Unión de Jóvenes Comunistas lo proclamó "eterno joven rebelde'' y las mujeres federadas realizaron ingresos simbólicos a la FMC en ocasión del 82 cumpleaños del líder.
Desde comienzos del 2007, cuando el Colegio de Dolores en Santiago de Cuba fue remozado y reabierto, un aula del segundo piso de la escuela mantiene un pupitre vacío como símbolo del asiento que ocupaba Castro en su época de estudiante. En agosto de ese año también se anunció la restauración de la casa de la calle Rabí número 6, donde vivieron el niño Castro y algunos de sus hermanos mientras estudiaban en la capital santiaguera.
El curso escolar 2007-2008 fue dedicado a la figura del guerrillero Ernesto Che Guevara y a las ‘‘reflexiones'' que el enfermo Comandante comenzó a publicar en marzo del pasado año. Este diciembre se publicó en La Habana una compilación de elogios de personalidades universales bajo el título de Así es Fidel.
La exaltación de Castro no ha requerido de esculturas ni de mausoleos para penetrar en las mentes y moldear el comportamiento de los cubanos desde 1959. Tal vez tampoco los necesite ahora. Patria, nación y país han sido revalorizados bajo la égida del caudillo en una isla donde 75 por ciento de sus habitantes nacieron, crecieron o se educaron escuchando el discurso patriarcal y reproduciendo los rituales ideológicos del totalitarismo.
Castro ha sido el más hábil manipulador de la opinión pública en la era moderna de la comunicación. Ocupó los micrófonos radiales, acaparó las cámaras de televisión para hablar siete horas consecutivas, inspiró una filmografía que catapultó su aureola mítica (recordar Mi hermano Fidel y otros frutos del documentalista Santiago Alvarez). Desarticuló una cultura periodística de fuerte tradición democrática e implantó un sistema de propaganda gubernamental al servicio de sus palabras, desplazamientos y ocurrencias más inverosímiles.
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