Tras la euforia del triunfo de Obama corresponde la sensatez
By PETER BAKER / NY.Times
WASHINGTON
Para un presidente que ascendió al poder por los hombros de la historia, las lágrimas y la euforia de Grant Park transmiten la sensación de algo ocurrido hace mucho tiempo. Apenas ha pasado un año, por supuesto, desde la elección de Barack Obama, desde aquel momento en que sus partidarios sintieron que todo era posible entre elevadas conversaciones de ``rehacer a esta nación'' y decididos cánticos de ``sí se puede".
Un año más tarde, a medida que unas cuantas elecciones menores formaron un juicio más moderado, la esperanza y arrogancia abrumadora han dado paso a la molienda cotidiana de gobernar, el saturadísimo horario de reuniones esperando por la mañana, los gruesos libros de informes esperando por la noche, los mil pequeños compromisos que hay en medio de todo eso. La educación de un presidente es complicada, y mientras Obama ha pasado los últimos 12 meses aprendiendo más sobre ejercer el poder, su país ha aprendido más sobre él.
Dada la enormidad de las crisis que heredó y la magnitud del paquete económico que impulsó en sus primeras semanas al frente del cargo, pudiera parecer extraño sugerir que apenas ahora las decisiones más duras y definitorias están llegando ante Obama.
Pero, a medida que él llega a la etapa final en su campaña por rehacer el sistema de salud y determina si escala o no la guerra en Afganistán, tendrá que decidir hasta qué grado está dispuesto a guiar, cuánto del capital político ganado en Grant Park invertirá para darle un empujón a una nación a fin de sacarla de su zona de confort.
Los duros llamamientos podrían contribuir a completar la imagen que está surgiendo en cuanto a exactamente qué tipo de presidente ha llegado a ser Obama. Hasta la fecha, resulta seguro decir que él es un activista con un apetito por las ideas transformadas incluso al tiempo que evita definirlas, o a sí mismo, con demasiada precisión,
Es un estudio en dicotomía, audaz pero cauto, radical pero pragmático, todo dependiendo del prisma a través del cual se vea. El ha descubierto que la oratoria que tuvo enorme poder en el trayecto de campaña no impulsa con la misma facilidad los votos en el Capitolio ni conmueve almas en el Kremlin. Su fe en la capacidad que tiene para unir a las personas ha titubeado en una capital polarizada, al igual que su interés en intentarlo.
Luego de acometer la recesión más profunda en generaciones, Obama actualmente preside sobre una economía que finalmente está creciendo de nuevo, pero aún sangra empleos y acumula deudas.
Es probable que él logre la aprobación de un programa de cuidado de salud, lo cual ha eludido a presidentes estadounidenses por décadas, y sin embargo ninguna de las opciones para Afganistán garantiza el éxito en forma alguna. Después, más allá de esos temas de importancia, está el de Irán, el cambio climático, Bahía de Guantánamo, inmigración y regulaciones financieras, entre otros.
``El interrogante central que surge después de estos meses es, ¿puede él lograr que todo funcione?'', dijo Lee H. Hamilton, ex integrante demócrata del Congreso estadounidense que en años recientes ha ayudado a encabezar las comisiones sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001, así como la guerra en Irak.
``Estos problemas parecen más simples cuando se habla ante un público de ese tipo", en el Grant Park de Chicago, dijo Hamilton. ``Sin embargo, son mucho más difíciles. Pienso que él ha aprendido que gobernar es más difícil que hacer campaña, y creo que lo ha aprendido a un grado extremo".
En la Casa Blanca, la añoranza por los días más simples es palpable. ``Ese día sencillamente estuvo imbuido de emoción, esperanza y calidez", recordó el asesor de Obama, David Axelrod, refiriéndose al Día de las Elecciones del año pasado. El desafío es mantener el idealismo.
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