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JORGE FERRER: La sensibilidad de algunos asuntos

Hace unos días la primera plana del New York Post traía una declaración de cierto Stalin Felipe, un joven falsamente acusado de la violación de una muchacha en una universidad norteamericana: ``Mi nombre ha sido manchado para siempre'', se quejaba el bisoño Stalin. Más allá de lo dramático del caso, es difícil resistirse a la sonrisa que despierta ese joven del siglo XXI que se lamenta de la mancha recaída sobre el nombre de uno de los hombres más execrables de la pasada centuria, una lamentación que pone en evidencia el desconocimiento de muchos horrores. Luego, los trivializa.

También la historia de la revolución cubana conoce clamorosos olvidos. No todos son hijos de la indiferencia o la desidia, sino fruto de una calculada estrategia de la elite que se hizo con el poder en Cuba durante los últimos cincuenta años. Un discurso que quiso que la revolución comenzara el 10 de octubre de 1868 y culminara el 1 de enero de 1959 y así lo impuso con la fuerza del dibujante que es dueño del único tiralíneas. Un discurso que ha establecido que a partir de esa fecha el poder triunfante se enfrentara a los ``imperialistas'' y sus ``mercenarios'' en Cuba, mientras se forjaba una férrea unidad en torno al Partido Comunista de Cuba y su líder, Fidel Castro Ruz. Casi todo el resto, la urdimbre tejida por los pequeños detalles, fue empujado por el molino teleológico hacia las aguas del Lete.

Estos días llega a las librerías un libro que repasa algunos de esos eventos sepultados. Se trata de Un asunto sensible. Tres historias cubanas de crimen y traición (Mondadori, Barcelona). Su autor, el español Miguel Barroso, ha convertido en trepidante relato la investigación acerca del asesinato de cuatro jóvenes del Directorio Revolucionario en un apartamento del número 7 de la calle Humboldt, en La Habana, el 20 de abril de 1957, las peripecias del juicio seguido a partir del 14 de marzo de 1964 a Marcos Armando Rodríguez, Marquitos, fusilado poco después tras reconocerse como el soplón que reveló a Esteban Ventura Novo el paradero de los jóvenes masacrados y, por último, el ostracismo padecido por el viejo comunista Joaquín Ordoqui, quien padeció prisión domiciliaria ``sin sanción judicial alguna'' desde el final del juicio a Marquitos y hasta su muerte en 1973.

Se podrá discutir la trama que urde Barroso con esas tres historias o discrepar de la concatenación que vislumbra y sostiene; se podrá también poner en cuestión el peso del hallazgo que le sirve para redondear una investigación que tiene tanto de histórica como de detectivesca o el balance entre los muchos testimonios que recogió en sus entrevistas con los actores involucrados en aquellos hechos, tanto afines al Directorio como al Partido Socialista Popular. Pero difícilmente se encontrará lector capaz de sustraerse a la mezcla de estupor e iluminación que produce ese recuento de traiciones, venganzas, sospechas, acusaciones fabricadas y rencores que apenas se atreven a asomar, todos dibujados sobre el azaroso paisaje de la guerra fría.

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