El clima que nos va a cambiar el planeta
NICHOLAS D. KRISTOF
The New York Times
Imaginen que el presidente George W. Bush anunciara un plan para lidiar con los programas nucleares de Irán y Corea del Norte, declarando: ``Ellos dejarán de acumular armas nucleares para el 2025. Nosotros alcanzaremos este objetivo mediante incentivos y acciones voluntarias, sin imposiciones''.
Bush sería ridiculizado. Pero, en esencia, ese es el plan que anunció para el cambio climático a mediados de la semana pasada. Fijó un objetivo para detener el crecimiento de las emisiones de bióxido de carbono para el 2025, sin órdenes específicas para lograrlo, y en el ínterin criticó con dureza una legislación propuesta en el Senado enfocada a crear medidas más severas por considerarla innecesaria.
¿Innecesaria? ¿Al tiempo que los científicos detectan derretimiento en el Artico y pronostican, llenos de confianza, siglos de retraimiento costero y cambios climáticos, poniendo en peligro el único planeta que tenemos?
Ahora, permítanme hacer una pausa para una petición especial: si usted es escéptico respecto al cambio climático, deje de leer aquí.
Eso se debe a que los escépticos han expuesto argumentos básicamente tontos -- que el cambio climático es un ''fraude'' -- cuando existe un razonamiento mucho mejor a su disposición: que los remedios favorecidos por los ambientalistas, como un sistema de límites e intercambios a fin de reducir las emisiones, probablemente no baste.
Tres respetados expertos en el clima expusieron ese inquietante argumento en un importante ensayo de la revista Nature de abril, ofreciendo una sobria advertencia en el sentido de que el problema del clima es mucho mayor de lo anticipado. Eso se debe en buena medida al aumento en el uso del carbón en las pujantes economías de Asia.
Por ejemplo, imaginen que instituyéramos un brutal impuesto a la gasolina que redujera las emisiones de los vehículos estadounidenses en 25 por ciento. Eso sería un logro asombroso. Pero, en apenas nueve meses, el aumento en las emisiones de China habría más que compensado la diferencia.
Tanto China como Estados Unidos producen de manera individual más de un quinto de las emisiones mundiales de bióxido de carbono. Las emisiones de China son mucho menores por persona, pero se están disparando: su aumento en emisiones es mayor que las emisiones totales de Alemania al año.
''Realmente tenemos todo equivocado'', comentó Roger Pielke Jr., de la Universidad de Colorado, en Boulder, uno de los autores del artículo publicado en Nature. ``Si abordamos esta situación a partir de una reducción de emisiones, no llegamos a ninguna parte. Quizá sea bueno conducir automóviles Prius, pero eso no va a lograr lo que necesitamos''.
Pielke y sus colegas argumentan que la mejor esperanza para la salvación será la inversión en nuevas tecnologías, Y por eso yo les pedí a quienes niegan el calentamiento que no lean esta columna, ya que puede sonar un poco similar a la ''solución'' de Bush.
La diferencia radica en que Bush ha usado modestas inversiones en hidrógeno como un sustituto para una acción inmediata, cuando lo que nos hace falta son vastas inversiones aparte de un impulso enfocado a la reducción de emisiones a través de un impuesto al carbono y un sistema de límites e intercambios. En el mejor de los casos, sería realmente difícil convencer a China e India de que dependan en menor medida de plantas de energía impulsadas por carbón, y será completamente imposible a menos que nosotros apliquemos serias medidas por cuenta propia.
''El mensaje es, cambiemos de enfoque y seamos más eficientes'', dijo Pielke. ``Pero hagamos más que eso. La solución yace en las tecnologías de transformación''.
La energía solar es una de las tecnologías con mayor esperanza, pero aún produce aproximadamente 0.01 por ciento de la electricidad en Estados Unidos. En este país se distribuyen apenas $159 millones anuales para la investigación de la energía solar, esto es, más o menos, lo que gastamos en Irak cada nueve horas.
Otras tecnologías renovables, incluida la eólica, también ameritan una inversión mucho mayor. Es alarmante que los subsidios aún respalden al petróleo y el carbón, y estos recursos deberían ser dirigidos a fuentes renovables. Desde 1979, el presupuesto de Estados Unidos destinado a investigación energética se ha reducido casi a la mitad, considerando la inflación. El gasto en investigación militar, en tanto, ha crecido más del doble y actualmente equivale a casi 20 veces lo que se invierte en investigación sobre energía.
Después está la geoingeniería, o la manipulación chambona de nuestro planeta a fin de corregir nuestras manipulaciones previas. Una de las propuestas consiste en inyectarle bióxido de azufre a la estratosfera para imitar los efectos de erupciones volcánicas al enfriar el planeta. Otra opción gira en torno a fertilizar el mar con partículas de hierro para fomentar el crecimiento de plantas que absorberían bióxido de carbono de la atmósfera. Después están las propuestas más grotescas, tales como gafas gigantescas para orbitar la tierra, o para construir paneles solares en el espacio.
Así que el próximo presidente de Estados Unidos debería empezar con un programa de $20,000 millones anuales (financiado mediante un retiro de Irak) enfocado al desarrollo de nuevas tecnologías de energía, respaldado por un sistema de límites e intercambios de bióxido de carbono. Cada uno de los candidatos presidenciales favorece alguna forma de sistema como este y eso marcaría un distanciamiento ante la pasividad de Bush; aunque la reciente propuesta de John McCain acerca de un descanso de verano para el impuesto a la gasolina sería un deplorable avance exactamente en la dirección equivocada, a menos que él abrigue la esperanza de convertir su tierra en Arizona en una propiedad costera.
En pocas palabras, ninguno de los candidatos estadounidenses se enfoca suficientemente en el cambio climático, y este tema será una de las grandes pruebas de la humanidad en las próximas décadas. Y hasta ahora estamos fallando.