Los 'olvidados' de Inmigración
DANIEL SHOER ROTH
Adriana Torres Flores viajó de México a Estados Unidos para beber su orina.
Con un zapato como almohada y un bombillo que no se apagaba nunca, la inmigrante indocumentada fue olvidada por los guardias durante cuatro días sin comida y agua en una diminuta celda en una corte de Arkansas, y no había quien escuchara su suplicio.
Boubacar Bah viajó de Africa a Estados Unidos para morir.
Con el cráneo fracturado, hemorragias cerebrales y delirante por una caída en la prisión de Nueva Jersey donde se encontraba por tener la visa vencida, el inmigrante de Guinea fue confinado a prisión en solitario pues no podía acatar las órdenes de sus carcelarios, una consecuencia de su estado.
''Bienvenidos'' a los Estados Unidos del siglo XXI.
Dios sabe que diariamente agradezco poder vivir en este país, pero esos dos episodios me hacen aborrecer los agravios hacia los inmigrantes, y la deslealtad de algunos funcionarios a los valores humanos de los patriarcas de la nación que me abrió sus puertas.
Inspirados en el discurso antiinmigrante de sectores xenófobos de la sociedad que acusa a los indocumentados de ser tóxicos para el país, hay carceleros que abusan de ellos y violan sus derechos civiles impunemente.
''Los inmigrantes que son detenidos bajo custodia federal ingresan en un mundo en el cual no existen muchos de los derechos que se confieren a los condenados por crímenes reales. Los detenidos no tienen derecho a la representación legal'', afirmó The New York Times en un editorial esta semana a raíz de un impactante reportaje que publicó donde se reflejan las condiciones inhumanas en que están recluidos los extranjeros sin documentos.
La investigación puso al descubierto una nómina oficial de 66 inmigrantes, entre ellos Bah, que fallecieron en manos de las autoridades, y en algunos casos ni sus familiares fueron notificados.
''Es vergonzoso, aunque difícilmente una sorpresa, que ellos queden en las tinieblas'', criticó el editorial del influyente periódico neoyorquino.
En el sur de la Florida, aparentemente no nos afecta tanto esa realidad deprimente, pues los casos conocidos han sido escasos. El año pasado, una jamaiquina de 39 años fue violada por un agente de inmigración armado que la llevó a su casa cuando la transportaba de un centro de detención en Miami-Dade a otro en Broward. En el 2004, un haitiano de 81 años se enfermó en Krome y murió cinco días después en el Hospital Jackson Memorial porque un médico en la prisión lo había acusado de fingir los síntomas.
Pero tal vez el bajísimo número de casos en la zona de crueldad o negligencia hacia inmigrantes presos se deba a una nueva medida de Inmigración, afirman activistas.
''Las condiciones en Krome han mejorado después de una durísima batalla, pero ahora están trasladando a muchos inmigrantes [de Miami-Dade y Broward] sin delitos criminales a centros penitenciarios estatales en los condados Wakulla, Hernando y Glades, que no tienen condiciones adecuadas'', me comentó Oscar Alvarez, un asistente legal del Centro de Defensa de los Inmigrantes de la Florida que visita las cárceles.
Esta cacería de brujas ha fomentado una boyante industria de prisiones privadas con ganancias multimillonarias que hacen y deshacen con los detenidos a su antojo. En San Diego, un inmigrante de Kenya recluido en una instalación operada por una de las compañías de prisiones más grandes del país, presentó una demanda alegando que cuando dormía en el piso de la celda, su cabeza estaba tan cerca del retrete que le salpicaba la orina de los otros reclusos.
''Habría que ver quiénes tienen esos negocios'', cuestionó Alvarez.
Ahora entiendo mejor por qué la Agencia de Control de Aduanas e Inmigración (ICE) ha triplicado el presupuesto para la encarcelación de inmigrantes, de $504 millones en el 2005 a $1,600 millones en el 2007.
Si bien hay quienes violan la ley al entrar al país ilegalmente, es inadmisible que las autoridades los traten con violencia, desidia o abandono, especialmente si no han cometido delitos graves como asesinato, violación, robo o tráfico de drogas.
Así como el gobierno ha desatado una feroz guerra contra los indocumentados, debe poner el mismo empeño, si no más, en sancionar a quienes dentro del sistema penitenciario han olvidado la dignidad humana.