Opinión

abril 13, 2012

DORA AMADOR: En la patria verdadera

Qué fecha más hermosa e indicada para partir hacia la patria, que no es Cuba, sino la casa del Padre, la que se le otorgó a Monseñor Agustín Román: Miércoles de la Octava de Pascua, cuando celebramos con inmenso júbilo la Resurrección del Señor, que se extiende desde el 8 de abril por toda la semana, como si fuera un solo domingo. No es para menos. ¡El Señor Resucitó! ¿Muerto, Mons. Román? No, no está muerto, está vivo. Y por eso en lugar de lágrimas y lamentos, los cubanos del exilio debemos dar gracias, porque Cristo Resucitado vino a su encuentro, y él estaba listo, libre de miedo para dejarse encontrar por Él, a quien le entregó toda su vida lleno de amor y esperanza, porque cumplía su misión, a la que había sido llamado desde muy joven. El lema de su sacerdocio –“¡Ay de mí si no evangelizo!”–, que lo vivió hasta el último suspiro, fue su vida misma. Mons. Román fue un evangelio vivo.

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