ALEJANDRO ARMENGOL: Genio, figura y oportunismo

07/21/2014 12:00 AM

07/18/2014 5:05 PM

Tengo que agradecer, pero no sé a quien, haber llegado al saludable momento en que las palabras de Fidel Castro me producen risa. En el ahora llamado ex gobernante cubano hay una maldad que el tiempo no enmascara, una práctica de viejo pillo que le niega esa dignidad que dicen traen los años, y que sale a flote a la primera oportunidad. La visita del presidente ruso Vladimir Putin a Cuba, y esa especie de relanzamiento de antiguas alianzas parecen haberlo rejuvenecido. Y aquí lo tenemos, con bríos renovados. Solo que no llega al patetismo sino a la burla.

Fidel Castro escribe en Granma sobre el derribo de un avión sobre Ucrania y a andanada inicial no tiene desperdicio: “Cuba (…) no puede dejar de expresar su repudio por la acción de semejante gobierno antirruso, antiucraniano y proimperialista”, expresa Castro en un artículo aparecido en Granma.

En primer lugar resulta inapropiado que hable a nombre de “Cuba” cuando supuestamente ya no es gobernante del país. Sí, la prensa oficial cubana lo llama “líder histórico” de la revolución y todo ese cuento, pero ello no suena más que a caudillismo, tercermundismo y atraso poscolonial. Un país soberano tiene un presidente, que es el encargado de representarlo oficialmente y basta.

Lo segundo es la acumulación de calificativos, que siempre ha caracterizado a la prosa de Fidel Castro y no es más que retórica de peseta. Así, tenemos que Ucrania se encuentra bajo “el control del gobierno belicista del rey del chocolate, Petro Poroshenko”, mientras los palestinos le recuerdan “los heroicos defensores de Stalingrado”. Envidia y adulación.

Castro recuerda impresionado la defensa de Stalingrado y todo parece volver a los viejos tiempos en Cuba, donde de inmediato y ante cualquier acontecimiento mundial La Habana se colocaba en la órbita soviética, ahora rusa. Miseria de gobierno y Estado que no puede prescindir de la abyección.

No se sabe aún quien es el responsable del derribo del avión (escribo esta columna el viernes 18 de julio), pero de acuerdo al gobierno de Estados Unidos las sospechas apuntan hacia los rebeldes prorusos. Ucrania no ganaría nada con este hecho vandálico. Los insurgentes sí, en cuanto a escándalo internacional, táctica repetida hasta el cansancio por cualquier movimiento extremista.

El presidente Barack Obama apuntó el viernes que el misil partió de una zona controlada por separatistas entrenados y armados con material procedente de Rusia. Sin embargo, evitó culpar directamente a nadie y pidió cautela antes de sacar conclusiones.

Sólo siento una profunda tristeza ante quienes tienen que vivir en una isla donde, sin el menor pudor, se lanza una afirmación tan contundente contra otro país, sólo con el sostén de la condonación del 90 por ciento de una deuda de $32,000 millones.

Siempre dispuesto al alboroto, el gobierno de los Castro no puede sustraerse ni por un momento a estar siempre en la arena internacional. En esto, el mayor de los hermanos encuentra su definición mayor. No hay que extrañar su premura ahora, tras meses de silencio.

Mientras tanto, quienes viven en la isla asisten pacientes al ejercicio estéril de la espera. El general Raúl Castro les ha pedido de nuevo paciencia y trabajo. Ahora son las inversiones extranjeras las que consumen las esperanzas de un régimen que aprovecha al máximo cualquier coyuntura internacional, mientras desperdicia todas las posibilidades de desarrollo que existen en el país. En la otra parte de esta ecuación –que conduce al desastre pero al mismo tiempo lo pospone– está la infinita paciencia de quienes escuchan el discurso sin creerlo, y siguen apostando a la salida del país y las remesas procedentes del exterior.

Más que curioso resulta el reclamo y la apelación constante al “nacionalismo”, para explicar la historia y hasta el presente de la isla –la justificación socorrida de la soberanía– cuando las figuras emblemáticas de ese proceso que se dice nacional no se cansan de dar muestras de un entreguismo vulgar en cuanto distinguen cualquier posible recompensa, por menor que sea.

No basta con mencionar el lucro y provecho personal que dicha actitud ha demostrado para los gobernantes cubanos –la última muestra de ella es Raúl Castro como huésped privilegiado de Dilma Russeff–, sino enfatizar la necesidad de abandonar este concepto caduco para el panorama nacional, tanto presente como futuro.

Una forma adecuada de ese avance es lo que muchos de los nacidos en Cuba, ahora residentes o ciudadanos de EEUU, han logrado al entrar en una etapa posnacionalista, sin que esto implique una renuncia a las raíces –el patriotismo transformado en un concepto cultural, una serie de recuerdos o la nostalgia ocasional– y convertido a Miami u otra ciudad del mundo no en una patria pero sí en un hogar. Una madurez que permite reírse del oportunismo castrista.

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