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Miami en una sala

En la sala donde los futuros ciudadanos norteamericanos aguardamos ansiosamente a que nos llamen para la entrevista, se pueden escuchar todos los idiomas y también ver los rostros de todas las razas de Miami.

La diversidad que aflora es tan marcada que los empleados de inmigración que anuncian el nombre y apellido del próximo en la lista a veces tienen dificultad pronunciándolos.

Hay aspirantes que acuden elegantemente vestidos para causar una buena primera impresión. Otros van informal, en jeans y camisetas, incluso sin medias. Algunos llevan carpetas gordas con documentos, y abundan las parejas que cargan cajas con las evidencias de la veracidad -- o del montaje -- de su matrimonio.

Pero lo más maravilloso de estar en esa sala de espera es percibir las emociones y los sentimientos que están a flor de piel. Este es uno de los momentos cumbres en el viaje de quienes deseamos echar raíces aquí, motivados por mil razones que nos trajeron a esta nueva frontera.

También es un momento en el que brilla la solidaridad entre desconocidos. Todos nos damos aliento mutuo mientras esperamos porque quisiéramos reencontrarnos en la próxima ceremonia de naturalización.

El lunes por la mañana, compartí la espera con María Ulloa, a quien conocí la semana pasada durante un curso de preparación en el English Center. Casualmente, teníamos la entrevista el mismo día. Estaba feliz de verme, expresó. Para alguien de 68 años, que reside en Estados Unidos apenas desde el 2003, la prueba es un verdadero desafío. Traté de darle ánimo y repasamos juntos las preguntas.

Mi cita era más temprano, así que pasé primero. Unos 20 minutos después, salí jubiloso de ver el sello Approved, en rojo, en la tapa de mi expediente.

Ulloa me pidió que esperara con ella. Poco después de entrar regresó palidecida. Su mirada adelantaba malas noticias. No eran tan malas. Pero tampoco eran buenas.

La mujer se había mudado luego de solicitar la naturalización, por lo tanto le correspondía presentar el examen en otra oficina del Servicio de Inmigración y Ciudadanía. Ahora debe esperar a que le envíen otra cita por correo. Mientras tanto, se extenderá el período de angustia e incertidumbre y pasará noches en vela, como la del domingo.

El examen no es difícil si se estudia el material de apoyo. El problema más común es la insuficiencia del inglés. Otro obstáculo son los nervios que paralizan a los aspirantes. Incluso a mí, que soy bilingüe, me temblaba el puño mientras firmaba los documentos y las fotos de pasaporte. Menos mal que respondí bien a todas las preguntas.

Adentro en las oficinas, la simbiosis cultural y étnica no difería tanto de la que se proyectaba en la sala de espera. A la funcionaria que me entrevistó le sentí un leve acento. Era de Rusia y no hacía mucho que había pasado por el mismo proceso.

Ese es el espíritu de Miami, un lugar donde las entrevistas para la naturalización las conducen personas que también son naturalizadas.

Somos los inmigrantes -- y sus descendientes -- quienes hemos dado la sazón y arriesgaría a decir que hasta la identidad, a esta ciudad. Es importante destacarlo, especialmente ahora que la Oficina del Censo da indicios de que la población de extranjeros en el sur de la Florida está disminuyendo.

Pero así como nosotros hemos beneficiado a este país, Estados Unidos nos ha beneficiado, adoptándonos y dejándonos mantener nuestras culturas y tradiciones.

Veo mi pronta naturalización como un premio de la nación por mis contribuciones y perseverancia, pues son 12 años en el camino para llegar hasta aquí.

Obviamente, que quienes compartimos la sala de espera el lunes vemos el vaso medio lleno porque estamos a punto de ver coronar un largo proceso. En cambio, para quienes lo inician, el vaso está medio vacío o completamente vacío en el caso de no tener visa ni permiso de trabajo.

Por eso no pude evitar reflexionar, mientras esperaba que me llamaran a la entrevista, sobre las incontables visitas al abogado, la búsqueda de documentos, las traducciones notariadas, las cartas de recomendación, las calificaciones de la universidad, las altas sumas de dinero que hicieron a mi bolsillo agonizar y, en especial, sobre la ansiedad que produce desconocer el destino de uno mismo.

Cuando jure lealtad ante la bandera la próxima semana podré afirmar que todo ese esfuerzo valió la pena.

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