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Llegó el día anhelado: me hice ciudadano

Han sido 4,440 los días de la travesía.

Es el tiempo que me llevó convertirme en ciudadano norteamericano desde que vine a Estados Unidos como estudiante, en el verano de 1997, a recorrer un nuevo camino.

Para los inmigrantes es como llegar a la cima del Everest.

Con el brazo derecho sobre mi corazón juré la Promesa de Fidelidad a Estados Unidos en una emotiva y cálida ceremonia el martes en la sede del Servicio de Inmigración y Ciudadanía (USCIS), en Miami, donde nos naturalizamos 198 personas, nacidas en 30 países.

Horas antes de la juramentación, funcionarios de USCIS me llamaron a invitarme a ser el orador de la ceremonia. Por supuesto que acepté el gran honor. Era mi primera asignación como ciudadano norteamericano.

``¿En qué otro país del mundo se naturalizan, simultáneamente durante una tarde cualquiera, personas provenientes de 30 países?'', pregunté.

``Somos afortunados de integrarnos a la democracia más grande del mundo; con este privilegio vienen grandes responsabilidades'', dije al compás del aplauso de quienes, como yo, celebraban un hito que para muchos es una suerte de renacimiento.

Es un sueño realizado que millones de personas en el mundo también anhelan, especialmente en lugares donde no hay libertad, que es, en esencia, lo que buscaban los fundadores de nuestra nueva patria.

No hay palabras para describir mis sentimientos. Sólo quienes se han naturalizado, tras un largo proceso migratorio, pueden identificarse. Pero si definiera la naturalización diría que es un tesoro; un regalo de Estados Unidos por nuestras contribuciones, buen carácter moral y perseverancia.

También es una gracia de Dios. La marca divina se entrevé en estas fechas: obtuve la residencia (green card) el 29 de septiembre del 2004 y, asombrosamente, me hice ciudadano el 29 de septiembre del 2009.

Fueron cinco años exactos, lo mínimo que requiere la ley.

La ceremonia comenzó con un conmovedor video que muestra fotos históricas de inmigrantes acompañadas de citas en las que estos nuevos ciudadanos comparten su sentir patriótico.

Más adelante, en uno de los momentos más emotivos, leyeron una lista con la cifra de personas por país de origen. Cada grupo debía ponerse de pie. Colombia era la que más tenía: 24 nuevos ciudadanos. Había inmigrantes de Uzbekistán, Marruecos y Gran Bretaña. De Venezuela, éramos 12.

Todos estábamos alegres, unidos por un final feliz en nuestro sueño, aunque para cada uno el camino había sido diferente.

En el mío, hubo episodios de ansiedad, miedo y euforia. No faltaron las noches en que me desvelé por desconocer mi destino. Y qué decir de las innumerables diligencias para demostrar que tenía algo valioso que aportar.

En una bolsa que nos regalaron, se encontraba la bandera, la Constitución y el Almanaque del Ciudadano, que destaca la contribución de norteamericanos nacidos en el extranjero, como Alexander Hamilton y Albert Einstein, en todos los rubros de la sociedad.

También incluía la solicitud para registrarme como votante de la Florida y las indicaciones para obtener un pasaporte.

Para cerrar el evento, como es tradición, el Presidente felicitó a los nuevos ciudadanos en un video.

``Tú puedes ayudar a escribir el próximo gran capítulo en nuestra historia norteamericana'', dijo Barack Obama. ``Estoy orgulloso de darte la bienvenida como ciudadano de este país''.

Y yo, señor Presidente, estoy orgulloso de ser uno de ustedes.

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