El dolor de la violencia
By DANIEL SHOER ROTH
No hace mucho que Jaclyn Torrealba estaba preparándose con entusiasmo para ingresar a la universidad. Uno de los requisitos más importantes para conseguir cupo era escribir el tradicional ensayo que cada institución asigna a los aspirantes. Uno de estos debía tratar sobre un momento difícil de su vida y cómo logró superarlo.
Confundida, la joven buscó ayuda de su padre, Pablo Torrealba, que es maestro de escuela.
``Papi, no tengo nada que escribir'', le dijo.
Su vida era feliz.
Torrealba la instó a reflexionar sobre algún incidente de dolor, lo cual la inspiró a escribir sobre un amigo llamado Andy que había muerto a temprana edad en un accidente de motocicleta. Jaclyn había asistido al velorio.
El lunes por la noche el mundo dio vuelta. Esta vez, la mamá de Andy estaba en el velorio de Jaclyn, la joven de 18 años presuntamente asesinada por su novio que tenía 30 años.
La anécdota fue narrada el martes por Torrealba durante una misa solemne de recordación, poco antes del desgarrador sepelio en el cementerio Our Lady of Mercy, en Doral, al que asistieron un centenar de personas con semblante de desconsuelo.
El propósito de Torrealba era evocar el carisma de Jaclyn para que la misa fúnebre, por muy dolorosa que fuera, sirviera también como una celebración de su vida.
``Les pido que lleven para siempre esa parte de ella que ustedes experimentaron'', proclamó el padre. ``Cuando trato de consolar mi dolor, pienso en esos buenos momentos que ella me dio''.
Algunas amigas vestían una camiseta negra que rezaba ``Jacky'' donde tenían estampado su sonriente rostro con una corona. En la espalda exhibían un collage de fotos de todas ellas en fiestas, el ambiente donde quizás conoció a Juan Carlos Portieles, el disk jockey que confesó haberla matado.
Ninguna estaba dispuesta a hablar sobre Jaclyn. Se sentían devastadas; lloraban al unísono. Los fiscales han dado órdenes de no hacer comentarios sobre el caso por las implicaciones legales que conllevan.
Ausentes del panorama estaban las cámaras de televisión, que apenas una semana después de la tragedia la han olvidado. Desafortunadamente, la muerte de adolescentes se ha hecho tan frecuente en nuestra comunidad que las víctimas se convierten en un número más de una lista lúgubre, por más cruel y violento que haya sido el delito.
Sin embargo, para los Torrealba, sus familiares y amigos, la herida jamás se cicatrizará completamente.
``Es un dolor que no se puede comparar'', comentó una amiga de Vivian Castro, la madre, que pidió no ser identificada por respeto a la familia. ``Vivian está destruida''.
``Las madres estamos preparadas para que nuestros hijos nos entierren, no para que enterremos a un hijo'', subrayó la mujer.
Castro se mantuvo enmudecida; su rostro pálido, casi sin expresiones, con la huella de varios días de intenso sufrimiento.
Las madres de las amigas y compañeras de Jaclyn estaban presentes en señal de solidaridad, conscientes de que sus hijas corren el mismo riesgo si llegaran a enamorarse -- o más bien a obsesionarse -- de otro desalmado. Aunque este es un caso extremo de violencia doméstica, le abre los ojos a la sociedad, especialmente a las familias con adolescentes. El peligro no es un invento de ``viejos'' padres puritanos. Existe.
Cuando llegó el momento de dar el último adiós, el mutismo del público se hizo extremadamente elocuente. Decía todo lo que las palabras no pueden decir cuando una vida joven, inocente y prometedora se pierde a manos de la violencia y el odio.
Cuando el féretro era subido a un nicho del cementerio, comenzaron a caer algunas de las flores de los arreglos fúnebres. El último regalo de Jaclyn a sus seres queridos.
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