REPORTAJE ESPECIAL
La tragedia de las madres de Soacha desata escándalo de los falsos positivos
Por GERARDO REYES y GONZALO GUILLEN/ greyes@herald.com
SOACHA, Colombia
Julián Oviedo quería hacerse soldado del ejército de Colombia cuando cumpliera 20 años.
Al joven obrero de la construcción le faltaba un año más para cumplir con la tradición familiar: tanto su papá como sus tres hermanos y un tío, a quien mató la guerrilla, se habían enrolado en el ejército.
"Pero no le alcanzó la vida’’, afirmó su madre, Blanca Nubia Monroy al explicar que el mismo ejército se la truncó. "Jamás me pasó por la mente que mi hijo lo había matado el ejército’’, agregó en una reciente entrevista en su casa con El Nuevo Herald.
Oviedo, de 19 años, fue uno de varios jóvenes que desaparecieron el año pasado en Soacha, una populosa ciudad al sur de Bogotá, y que semanas después fueron hallados por sus familiares en tumbas anónimas, a 300 kilómetros de la capital. Allí habían sido enterrados como guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC) abatidos en combate.
La muerte de los jóvenes de Soacha marcó el comienzo del escándalo de los falsos positivos en Colombia, un término periodístico con el que se conoce la ejecución sistemática de civiles inocentes por parte de miembros del ejército para cobrar recompensas en dinero, ascenso o vacaciones. En el argot militar, un "positivo'' es una baja enemiga.
A partir de las denuncias de madres como Monroy, una avalancha de casos similares en diferentes regiones del país inundó la Fiscalía General de la Nación.
Este organismo investiga el asesinato, en circunstancias parecidas a las de Oviedo, de más de 1,800 personas, lo cual ha desatado un escándalo internacional.
La investigación de esta práctica es el motivo de la visita a Bogotá esta semana de Philip Alston, relator especial de ejecuciones extrajudiciales y sumarias de Naciones Unidas.
Soacha, de unos 700,000 habitantes, es la capital de los desplazados en Colombia. En muchas de las viviendas a medio construir que se apretujan en los cerros escarpados de la ciudad, sobreviven miles de familias campesinas que han sido desplazadas una o dos veces por acciones de la guerrilla o del paramilitarismo en las regiones donde cultivaban la tierra.
Con pocas diferencias, los testimonios de varias madres de Soacha que perdieron a sus hijos en ejecuciones de falsos positivos, coinciden en que la tragedia comenzó a principios del año pasado cuando algunos reclutadores convencieron a sus hijos de trasladarse al nororiente de Colombia con el incentivo de obtener empleos con buenos sueldos.
En el caso de Oviedo, afirmó Monroy, de 50 años, fue contactado por dos jóvenes a quienes sólo recuerda por el nombre, Pedro y Alexander, este último dueño de una cantina en Soacha. Ambos llamaron varias veces a su hijo el 2 de marzo del año pasado para citarlo a una reunión en la que le harían una oferta de trabajo.
Oviedo, a quien Monroy describió como un joven reservado, poco sociable, que se dedicaba a escribir canciones de rap y a ver programas evangélicos en la televisión, se preparó para la cita y salió alrededor de 7 p.m. de su casa.
"Cuando regresé de comprar la comida en la tienda, él ya estaba listo para salir, dijo que no quería comer: ‘Guárdame la comida que no me demoro, la verdad es que tengo un hambre’, me dijo, recordó Monroy''. El salió y nunca mas volvió.’'
De acuerdo con la investigación, Oviedo fue asesinado al otro día en el municipio de Villa Caro, cerca a Ocaña, una ciudad del departamento del Norte de Santander, a 600 kilómetros al nororiente de Bogotá. Su cuerpo fue enfundado en un uniforme de la guerrilla.
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