Daniel Morcate
Guatemala, quién iba a decirlo, está a punto de dar una lección contra la impunidad que bien pudieran aprovechar Latinoamérica y otras regiones del mundo en vías de civilizarse, que es casi el mundo entero. Luego de mucho debatirlo, un grupo de jueces condenó al generalísimo Efraín Ríos Montt, el fugaz pero fatídico hombre fuerte guatemalteco, por el genocidio de más de mil mayas ixiles en los 1980. Y lo condenó a 80 años de prisión, lo cual será un reto interesante para el ahora octogenario y frágil ex dictador. Que Ríos Montt y algunos de sus compinches hicieron sobrados méritos para ganarse una buena temporada en chirona no lo discute nadie de buena fe. Ni siquiera el Departamento de Estado, que en su momento apañó al personaje hasta que se le volvió demasiado repugnante. Lo que sí puede y debe discutirse es la constancia y el alcance de la justicia guatemalteca. Y el posible significado histórico de la sentencia contra “el elegido”, el hombre que, como devoto de la Iglesia del Verbo, se creyó escogido por ya saben quién para impedir, a cualquier precio, que el comunismo se zampara a Guatemala.