El referendo por la autonomía que tuviera lugar el pasado domingo en el Departamento de Santa Cruz, Bolivia (la región más próspera y rica de ese país), resultó respaldado por el 85% de la ciudadanía, a pesar de las amenazas, agresiones y sobornos del gobierno de Evo Morales, que ya ha dicho que desconoce los resultados y los ha denunciado como un plan secesionista que, hasta el momento, los promotores del referendo desmienten.
Como era de esperar, los amiguetes de Morales en la región (Chávez, Correa, Ortega y los portavoces de la tiranía cubana) se han apresurado, con desvergonzada injerencia, a hacerse eco de las opiniones del presidente boliviano. Según Granma (el libelo castrista que hace realidad el chiste de que si Napoleón hubiera tenido un periódico así nunca habríamos sabido que perdió en Waterloo) el electorado rechazó el referendo, que no es más que una añagaza de la oligarquía en connivencia con ''el imperio'' (Dios me lo bendiga) para frenar el indetenible avance del socialismo latinoamericano.
La verdad no es sólo que el referendo fue respaldado abrumadoramente por los cruceños, sino que sienta un precedente para lo que seguirá en otros departamentos del país, incluida La Paz, con previsibles resultados que amenazan seriamente la gestión gubernamental de Morales. Porque esta consulta no es tanto un intento separatista cuanto un voto de rechazo al gobierno central y a la espuria constitución que éste quiere imponerles a los bolivianos. En último término, se trata de un rotundo ''no'' al fantasma del socialismo que Morales y otros homólogos suyos en Latinoamérica insisten en proponer, a pesar de su probado fracaso como infructuosa y opresiva idiotez.
La algarabía de Evo Morales y sus socios frente a este referendo tiene, pues, fundamento: es un revés significativo y determinante a la camisa de fuerza socialista que el presidente de Bolivia se disponía --y aún se dispone-- a ponerle a sus conciudadanos. Yendo aún más lejos, los resultados de esta consulta pueden interpretarse como el principio del fin del gobierno de Morales, cuyo derrocamiento (si puede usarse esta palabra) terminará por imponérsele al país como una necesidad política ante una creciente incapacidad de gobernar.
Los últimos acontecimientos vienen a resaltar --si algo resaltan-- la debilidad de Evo Morales, su falta de inteligencia política y las dificultades de llevar adelante un plan de gobierno medianamente viable; vienen a certificar, en otras palabras, la ineptitud del presidente y la precariedad de su liderazgo. La actualidad política de Bolivia puede compararse al momento en una cacería con perros cuando la jauría descubre la presa y ésta se encuentra acorralada. La presa, en este caso, es más una zorra medrosa que un feroz jabalí.
Este lunes, cuando aún se computaban los resultados del referendo, José Luis Paredes, gobernador o prefecto de La Paz (quien se ha convertido en una espina en el costado del presidente) hablaba de la inevitabilidad de una consulta semejante en su departamento, que incluye la capital nacional, y daba por seguro el rechazo a la gestión de Morales. Según Paredes, la posibilidad de que el gobierno central impida un ahondamiento de la crisis mediante la concertación de un diálogo con las fuerzas opositoras y en particular con la prefectura que él preside, cuenta con un tiempo máximo de aquí a diciembre, cerrado el cual la política paceña quedaría librada a su propia dinámica. No hay que saber demasiado para darse cuenta de que, en este caso, el tiempo no favorece a Morales y que su obligada inacción del presente sólo puede acentuar su incapacidad de gobernar.
El socialismo del siglo XXI, andrajosa alternativa que algunos demagogos sacaron del baúl frente a los descalabros que sufrieran en la región las políticas neoliberales (culpa de la corrupción de sus mediadores que no de las políticas mismas) ha sufrido esta semana un contundente revés; mucho más serio, en mi opinión, no obstante ser regional, que el rechazo que le hizo el pueblo de Venezuela a la radicalización del chavismo en diciembre pasado.
©Echerri 2008