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JORGE FERRER: Del embargo considerado como una de las bellas artes

Pareciera que del embargo de los Estados Unidos a Cuba, añoso ya, se ha dicho todo lo que se puede decir y más. Pocos temas hay más sobados por unos, otros y nosotros en un inagotable torrente verbal que tiene sus etapas anuales en la sede de Naciones Unidas en Nueva York, donde se vota una y otra vez por su derogación con desequilibrio hilarante.

Pero del embargo, como del Código de Hammurabi, se hablará algún día en pasado. Y a medida que ese día parece acercarse, iniciativa tras iniciativa, petición tras petición, farsa tras farsa, el viejo instrumento legal puesto en vigor por los Estados Unidos en 1961 se ha convertido en una pieza a batir por todos. Por casi todos.

La reciente pifia que un despacho de la Agencia EFE provocó en la prensa española que se inventó la derogación por Barack Obama de la Ley Helms-Burton y la elevó a titulares no fue sino un episodio más de la confusión que el embargo genera en propios y ajenos. Nadie sabe qué hacer con él, convertido ya en una suerte de incómodo pariente de provincias.

Como en tantas discusiones que conciernen a Cuba, cuando se trata del embargo propuestas y debates tropiezan con el encono acumulado por medio siglo de castrismo y de política norteamericana hacia la isla. También, y por lo mismo, con la incapacidad de adivinarle un porvenir a Cuba que escape de un esquema básico, por dual: la Cuba democrática que reclaman la oposición y el exilio o la Cuba del socialismo inamovible que proclaman en La Habana. Pero esa isla que hasta hace poco parecía no tener más futuros que dos ha visto parir a Catana, madre ahora de múltiples porvenires.

A punto de cumplirse tres años desde que Fidel Castro pasara a obligado retiro y se verificara la sucesión dinástica que encumbró a su hermano Raúl, Cuba es un país aún más pobre, aún más represivo, aún más desesperado. Pero no es, por cierto, un país más aislado, como sucede con Corea del Norte, la otra reliquia de la Guerra Fría.

Raúl Castro generó expectativas que ha barrido después. La escoba punitiva se ha anotado hasta una purga en la cúpula del régimen de proporciones que el país no había conocido en décadas. El pragmatismo que se le ensalzó al heredero se ha traducido en una patrimonialización que beneficia exclusivamente a la cúpula militar. Al miedo a la represión del que tanto saben los opositores se ha sumado el terror que cunde entre la nomenclatura, atentos todos los altos funcionarios a los rincones desde donde los micrófonos de Raúl son atentos oídos, los mismos que recogían las palabras de los últimos defenestrados, aprendices de espeleólogos en un gobierno de ``fósiles''.

En un paisaje donde la apertura se ha revelado entelequia y la supervivencia del régimen cubano una realidad siempre en vilo, pero siempre perdurable, muchos miran la derogación del embargo como el gesto definitivo de la administración Obama hacia La Habana. Asumen que al romper de golpe y por fin con lo que ya no es herramienta sino mero símbolo, se quebrarían también las reticencias de La Habana a implicarse en un diálogo con los Estados Unidos que rebase los temas ya discutidos en la reciente reunión en Nueva York. Se equivocan. Y Raúl Castro ya ha dejado clara su idea ventajista del quid pro quo, cuando proponía recibir a los cinco espías de la Red Avispa y desterrar, a cambio, a los disidentes cubanos y sus familias.

A estas alturas, de lo que se trata es de deshacer la engañifa que une embargo y revolución como variables de una ecuación con resultado contable, tangible. Ni el embargo acabará con la revolución, ni la revolución se perpetuará porque se levante el embargo. El régimen cubano ha demostrado que puede apoyarse en las apuestas políticas más disímiles --el populismo vociferante de Chávez o la socialdemocracia eficaz de Chile o Brasil, la autarquía china, la subdemocracia de Medvédev y Putin o el solícito ``acompañamiento'' de Madrid-- como aquellas figuras flácidas que Salvador Dalí apoyó en improvisadas muletas de madera. La política norteamericana ha demostrado, entretanto, que aun con el embargo en vigor, el sistema puede imponer excepciones que permitan significativas exportaciones de alimentos, el envío de remesas y una mayor flexibilización de los viajes de la comunidad cubanoamericana.

l embargo, como los juguetes viejos, puede ser echado a la basura. No serán muchos quienes lo lamenten, por cierto. También --lo que es mucho más razonable-- puede esperar a servir de token en las negociaciones que algún día sostendrán autoridades de La Habana y Washington motivadas por un deseo genuino de recuperar la normalidad secuestrada durante medio siglo. Tal vez entonces, cruzando entre manos que no sean las de los monederos falsos de hoy, el token cotice, cobre y pague.

www.eltonodelavoz.com

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