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VICENTE ECHERRI: Derrumbe del fin de un siglo

La caída del muro de Berlín, acontecimiento del que ahora se cumplen 20 años, no sólo marca el principio del fin del totalitarismo comunista en Europa, sino que sirve para concluir, en ese continente, una época de violencia que comenzara con el también dramático pistoletazo de Sarajevo en el verano de 1914 que sirvió de pretexto para el estallido de la primera guerra mundial. Con el derribo del muro (en verdad no se cayó espontáneamente) a manos de la enardecida muchedumbre que tomó las calles para exigir su libertad, terminaba uno de los períodos más negros de la historia europea que, en poco más de setenta años, incluye las atrocidades de dos conflictos gigantescos, a los que se suman la revolución rusa, la guerra civil española, los campos de exterminio nazis y el gulag soviético, para sólo citar algunos hitos pavorosos.

No faltan quienes identifiquen el siglo XX con ese lapso de pesadilla que media entre el 14 y el 89 (por suponer que sus primeros años aún perpetuaban los valores decimonónicos de la llamada Belle Epoque, y que su última década, la que sigue a la desaparición del comunismo, es ya un anticipo del siglo venidero) y puede que tengan razón; acaso un siglo no siempre son cien años justos, sino una etapa de la evolución humana animada por una determinada tendencia y signada por ciertos acontecimientos con que quisieron plasmarla.

El siglo XX fue la época del experimento político totalitario y de la ingeniería social. El soberbio cientificismo adquirido en el siglo XIX --cuando unos cuantos inventos y descubrimientos nos hacen creer que somos amos de la naturaleza-- terminaría por engendrar un despotismo sin precedentes: la fe en el progreso se combinaba con una iluminación de índole religiosa para producir la opresión más formidable de la historia. ``¿Qué podía hacer el hombre común cuando este aparato siniestro lo tuviera en sus garras?'', se preguntaba Winston Churchill en uno de sus discursos electorales de la postguerra. Sin embargo, el propio Churchill, tal vez el estadista más grande de su época, había cedido, después de la derrota del nazismo, a la política expansionista de Stalin en media Europa.

El comunismo, más ineficaz pero mejor articulado que el fascismo, sobrevivió a su hermano gemelo en el escenario europeo por casi medio siglo, tiempo en el que millones de habitantes nacieron, vivieron y murieron como esclavos de un sistema perverso que decía proponerse la felicidad humana. Inquisidores y alquimistas a un tiempo, los capos de este ``nuevo orden'' se creían con derecho a programar minuciosamente la vida de sus semejantes, convertidos en lamentables autómatas.

Esa fue la historia de Rusia desde 1917, como después de 1945 lo sería la de Polonia, de Checoslovaquia, de Rumania, de Hungría, de Bulgaria, de Alemania Oriental, que sus manipuladores llamaron la República Democrática Alemana. Yo crecí oyendo hablar de las dos alemanias, un concepto que para muchos alemanes era una verdadera abominación. En uno de los momentos más intensos de la guerra fría, los comunistas rodearon con un muro el segmento de Berlín que no dominaban, como un modo de disuadir las deserciones. El muro de Berlín, aunque sólo acordonaba a una ciudad, se convirtió en el símbolo de la Europa oprimida, la parte más visible y concreta (nunca mejor dicho) de esa barrera para la libertad y el desarrollo que Churchill bautizara como ``telón de hierro''.

Pero un buen día los oprimidos perdieron el miedo y en estruendo de muchedumbre empezaron a echar abajo los límites de su cautiverio. El muro de Berlín, que era un emblema de ese encierro, se vio ridiculizado en pocos días por los jóvenes que bailaban sobre sus ruinas: despojado del miedo que inspirara por casi treinta años, se tornaba un objeto museable.

Así, en noviembre de 1989, empezó el siglo XXI, que no sólo vaporizó los regímenes comunistas de Europa, sino que desacreditó al marxismo en medio mundo e hizo que muchos partidos comunistas, conscientes de la impopularidad de sus ideas, se cambiaran de nombre.

Sin embargo, todos los esclavos no habrían de liberarse ni el descrédito de la doctrina habría de evitar que nuevos demagogos quisieran ofertarla con disfraces en los mercados del tercer mundo. Cuba, Corea del Norte, Vietnam quedan ahí como muestras de un experimento fallido, en tanto otros gobiernos (Venezuela, Bolivia, Ecuador) reciclan para sus pueblos las recetas de la infelicidad, en lugar de aprender las obvias lecciones de la historia: las piedras con que se construye el socialismo son siempre como las de este muro que el viento de la libertad derribó jubilosamente hace ahora veinte años.

(C)Echerri 2009

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