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ROBERTO CASIN: Miren donde estamos

Esta no es una columna condescendiente ni comedida. Tampoco complaciente ni obsequiosa. Todo lo contrario. Es políticamente incorrecta. Porque la cosa se ve tan fea que resulta inmoral andarse con paños calientes. Hablando claro, que la mesura, la ponderación con que suelen dirimirse los conflictos en sociedad, y la confianza que nos han inculcado los letrados, en que siempre puede haber un entendimiento a las buenas entre dos partes en conflicto, se ha vuelto pura filfa y prácticamente ya no nos queda más, como le dijo Francisco de Quevedo al Capitán Alatriste, que batirnos.

--¿Batirnos contra quién, don Francisco?

--Contra la estupidez, la maldad, la superstición, la envidia y la ignorancia --a las que yo, ahora, agregaría la avaricia.

Hay que tener cara, dije más de una vez, cuando conocía o veía en las páginas de la crónica social a uno de esos personajes para quienes su mundo está hecho de las desgracias ajenas y que se nutren con los despojos que arrancan a los demás. Los he visto sonreír en medio de auditorios gentiles, caminar ufanos sobre alfombras rojas, firmar cheques para obras de caridad y manipular los hilos vitales de muchos políticos. Hasta que sucedió lo previsible, de tanto aire el globo se reventó.

Todos estos años estuvieron agazapados, de reyes entre bambalinas, pero como la codicia rompió el saco la punta del iceberg ha comenzado a verse y ahora es la prensa la que hace zafra revelando escandalosos desfalcos, destapando secretos que no estaban ocultos en ninguna caja de caudales y poniendo al descubierto la perversidad de quienes una vez ella misma apuntaló como héroes de los negocios y paradigmas de la sociedad.

Al otro extremo, para no dejar de apostarle a la frivolidad y al sensacionalismo, algunos colegas y adivinadores de las finanzas han empezado a afirmar que la economía ya tocó fondo, que la crisis cede, que la cosa mejora, que los mismos indicadores que nos informaron con años de tardanza que íbamos por mal camino ahora, con certeza mediata, nos dicen que nos encaminamos de vuelta a la normalidad.

Qué cosa, eh. Ya no es suficiente con que cada día en este país se hable y se escriba peor. Ahora además se actúa con meridiana indolencia y superficialidad. Porque eso de decirle a la ciudadanía que la economía comenzó a recuperarse, que lo peor ya se fue, que hay razones para no sentirse abatidos, que muy pronto todo volverá a ser como antes, más que una sarta de sandeces me parece una inaudita canallada.

Primero, porque todo no debería ser como antes, para que no se repita lo mismo, una y otra vez. Y segundo, porque nada tiene de simpático que los miles de millones de dólares del erario que han ido a las arcas de los bancos para salvarlos de la debacle, sirvan también para que los ejecutivos de esas firmas, ahora con tanta o mayor vocación por la usura que antes, sigan clavando cruces en las tumbas de los arruinados prestatarios.

La vida lógicamente tiene sus altibajos. Pero me parece dantesco que el patrón que hoy mueve cielo y tierra en nuestro mundo sea el de hacer carrera en la vida privada o en la pública con el objetivo de enriquecerse sin medida y a cualquier precio. Y que ya no se combata fieramente esa filosofía en nuestras escuelas, iglesias, gobiernos y tribunales. Vergüenza debería darles a los educadores, padres sólo de nombre, sacerdotes, políticos y magistrados.

Ningún mérito tampoco doy a quienes invocan día y noche el optimismo como la llave del triunfo, y que dan clases hasta por internet. Porque hasta eso se ha convertido en un lucrativo medio de vida: hacerle creer a la gente que basta con tener buenos deseos para encarar las adversidades. Son como evangelistas, que a toda hora repiten sonrientes y en tono magistral la misma frase: el éxito es de los optimistas. Bueno, miren donde estamos.

Prueben ustedes a preguntarle a alguno de los millones de desempleados que buscan trabajo en el país y que llevan meses sin hallarlo; al padre y la madre que a diario sudan humildemente el sustento de su familia y que ya con bastante regularidad descubren en las noticias que no son uno, ni dos, ni tres los presidentes de corporaciones y funcionarios públicos que nadan en riquezas mal habidas. Pregúntenles a ellos y entenderán mejor de qué les hablo.

http://robertocasin.blogspot.com/

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