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La invaluable ayuda que Miami nos dio

Nuestra familia vino de La Habana, una hermosa ciudad que algunos han llamado un paraíso tropical.

A principios de los 60, mis hermanos y yo salimos de La Habana, siendo todavía niños, como parte del programa Pedro Pan. La Arquidiócesis de Miami y Monseñor Bryan O. Walsh auspiciaron el programa, que trajo a más de 14,000 niños cubanos no acompañados a Estados Unidos después de que Fidel Castro tomara el poder.

Al principio no fue fácil, abandonar nuestro hogar, nuestra escuela, nuestros amigos y nuestros familiares. Ninguno de nosotros entendía por qué estábamos saliendo de La Habana. No fue hasta que llegamos a Miami que nuestra tía nos dijo que no íbamos a regresar.

Vinimos a Miami en un vuelo de Pan American y nos llevaron a un campamento que los organizadores del programa Pedro Pan habían establecido en Kendall, cerca de donde está ahora el Town & Country Mall. Estuvimos allí unas dos semanas hasta que nos enviaron a Albuquerque, Nuevo México, donde nos recogió la familia del doctor Eugene Purtell.

Los Purtell tenían seis hijos cuya edad iba desde los 14 (Kathleen) a los 2 años (Timmy). Yo tenía 12 años; mis hermanos, 11 y 10.

Los Purtell nos ayudaron a aprender el idioma, nos consolaron y aliviaron nuestras preocupaciones de si nuestros padres podrían salir de Cuba o no.

Mi padre era vicepresidente de Upjohn Pharmaceuticals. Trabajaba en Cuba; la compañía radicaba en Kalamazoo, Michigan. Upjohn preparó una reunión de alto nivel en la Ciudad de México para convencer al gobierno de Castro de que concediera una visa temporal a mis padres para que asistieran a la reunión.

El gobierno cubano lo hizo. Cuando ellos llegaron a la Ciudad de México, se enteraron de que no había tal reunión, y de que Upjohn, conjuntamente con el embajador estadounidense en México, les había conseguido visas de residente para que vivieran en Estados Unidos.

Vivimos en Kalamazoo alrededor de año y medio, hasta que mi padre se retiró de Upjohn después de 25 años. Nos mudamos a Miami, que entonces era una ciudad pequeña.

En esos días iniciales, las cosas eran difíciles. Mis hermanos Ramón y Rafael, y yo repartimos periódicos de The Miami Herald, despertándonos de madrugada para repartir el diario en nuestras bicicletas. Conservamos ese trabajo durante todo high school. Yo vine a Miami cuando tenía 14 años.

Fuimos a LaSalle High en Coconut Grove. Allí nos enseñaron muchos de los mismos hermanos que habían sido nuestros maestros en Cuba, lo cual nos ayudó a reconectarnos con nuestra cultura. Después de graduarnos, fuimos a estudiar al Miami Dade Community College.

Mientras estaba allí, empecé a trabajar en Burdines como ayudante de almacén. Burdines fue una compañía que ayudó a la comunidad cubana dándole empleo y concediéndole crédito. Burdines, que ahora es Macy's, ha sido y sigue siendo mi único empleador durante 40 años (aparte de repartir periódicos).

Fue en Miami donde conocí a mi esposa, Ivonne. Su padre y su tío participaron en la invasión de Bahía de Cochinos en 1961. Nos casamos en 1972 y siempre hemos vivido en Miami.

Nuestros dos hijos nacieron aquí. Nuestra hija se graduó de la Universidad Nova Southeastern y es psicóloga; nuestro hijo se graduó de la Universidad de Miami y es abogado. Tenemos dos nietos, y hay un tercero en camino.

Gracias, Miami, por todo lo que has significado para mi familia y para mí.

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