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El Clásico Mundial está herido de muerte

Iván Rodríguez (centro) responde preguntas de la prensa en San Juan.
Iván Rodríguez (centro) responde preguntas de la prensa en San Juan.

Con perdón de Bud Selig, el Clásico Mundial de Béisbol va por mal camino. Salvo Cuba, donde la elección al equipo nacional es casi un acto de estado, y en menor medida los países asiáticos, el resto de las escuadras llegan al evento con notables ausencias.

Nadie puede decir que aquí están todos los mejores. No se puede asegurar que la crema y nata ha acudido en masa a representar los colores de sus países. Tampoco nadie podrá alardear que ha derrotado a lo que más vale y brilla de este deporte.

La lista de los que han rechazado asistir al Clásico es larga, pesada, y deja una estela de malestar, porque sus equipos, de haberlos tenido, serían vistos con otro prisma ahora que faltan apenas horas para que el torneo entre en total ebullición.

No se trata de escuadras como las de Sudáfrica o Italia, simples invitadas a una fiesta que les hace un espacio, pero en la que sólo figuran como aves de paso o fáciles víctimas de otras potencias con más historia y talento.

Se trata de conjuntos como México, República Dominicana, Venezuela, Panamá, Estados Unidos que se escudan con la frase de "lo que tenemos es más que suficiente'', pero que en el fondo lamentan el vacío de hombres superiores a los que visten el uniforme patrio.

Parte de la culpa recae en el individualismo de la mayoría de esas estrellas que, amparados bajo el logo de sus equipos de Grandes Ligas, encuentran cualquier excusa para decirle no al Clásico.

A alguno que otro le he escuchado decir, como si no importara, con una desverguenza casi inocente, que preferían asegurar su futuro en las Mayores antes de arriesgar una pizca de salud en un evento que poco ha de reportarles a largo plazo.

Estos muchachos millonarios, que salieron directamente de sus barrios a las academias de la gran carpa, casi nunca jugaron para representar a su país y por eso no saben o no imaginan la importancia de entregarse por un ideal superior al de la ganancia monetaria.

No los estoy ajusticiando moralmente, sino tratando de explicar por qué, con una simpleza extrema, no van a un torneo que debía ser la fiesta suprema del béisbol, el espaldarazo a un deporte al que le cuesta crecer en la arena internacional.

Dicho esto, no puedo dejar de descargar mi malestar contra Selig y las Grandes Ligas, que son jueces y partes del problema: el evento es de ellos, lo organizan ellos, pero no tienen la convicción suficiente para doblar el brazo de las franquicias y obligarlas a liberar a sus peloteros.

El día en que las Mayores adquieran la fuerza de la FIFA, que antepone las selecciones nacionales ante los intereses individuales o de grupos mezquinos, entonces tal vez el Clásico sea el reflejo fiel del talento en el béisbol.

Pero lo que sucede ahora es, ni más ni menos, doble moral.

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