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Comandante, no hable más de pelota

Antonio Castro (der.) es una presencia insoslayable dentro del equipo.
Antonio Castro (der.) es una presencia insoslayable dentro del equipo.

No puede aguantarse. Después de pasar su vida interviniendo en todos los escenarios posibles, Fidel Castro, condenado por la vejez, se dedica a comentar de lo humano y lo divino, de cualquier tema que le permita exponer su punto de vista, lo mismo del presidente Barack Obama que del equipo nacional de béisbol.

Y qué oportunidad le ha brindado el Clásico Mundial para reflexionar y, de paso, hacerle un flaco servicio a esos muchachos llenos de talento que salen al terreno con la ilusión de ganarle a los mejores peloteros del mundo.

En Cuba se discute de esquina en esquina quiénes son los responsables de la debacle, porque Cuba ya no posee ni el título mundial, ni el olímpico y ahora ha quedado muy lejos de su actuación en la primera versión del Clásico.

Aquí la verdad como un templo es que los asiáticos -y aquí incluyo a los coreanos- son superiores en toda la línea: con mayor disciplina en la caja de bateo, con una defensiva que raya en la perfección y un pitcheo dominante que hizo lucir mal a los cubanos.

Otra parte de la verdad es el poco fogueo de los antillanos, que de tanto repetirse en el torneo doméstico, chocan contra un techo de calidad que les impide desplegar su verdadero talento, medirse con los mejores.

Pero entre los culpables habría que señalar a esa cúpula dominante que ha hecho de la selección cubana una especie de bandera que saca del armario cuando conviene para ondear ante los ojos del mundo como se muestra un trofeo de guerra.

Valdría la pena señalar que cuando Cuba vence a Sudáfrica por amplio margen, Castro se dedicó a señalar los errores del choque -con nombre y apellido de aquel que corrió mal una base o el otro que realizó un mal tiro- en vez de aplaudir el triunfo.

Si eso fue así con una victoria, qué se podría esperar de un fracaso.

El resultado es la última reflexión, donde se queja de que los organizadores del torneo manipularon los grupos para que la isla se eliminara con Japón y Corea del Sur.

"Lo que importaba a los organizadores era eliminar a Cuba, país revolucionario que ha resistido heroicamente y no ha podido ser vencido en la batalla de las ideas. No obstante, volveremos un día a ser potencia dominante en ese deporte'', afirma Castro.

¡Ah! Claro, ahora caemos. Uno puede imaginarse a Bud Selig y sus secuaces, gastando millones, reunidos secretamente para ver cómo le dan la mala a Cuba en el Clásico. James Bonds vestido de coach japonés para robar las señas de Higinio Velez, quien, por cierto, cometió pifias tremendas al mando de la escuadra.

Como si Cuba fuera el centro del mundo.

Fidel Castro comparte la culpa por su intromisión constante en un ámbito puramente deportivo, su hermano Raúl por llamar y felicitar a las familias de los jugadores cuando aún no se había logrado nada, y toda la maquinaria política de la isla por sembrar la preocupación en los rostros de esos muchachos, llevados y traídos de los estadios como se arrea un ganado.

No hay nada malo en que los Castro opinen de pelota, pero mejor que lo hagan dentro de las cuatro paredes de su casa. Aunque eso es bastante difícil. Después de todo, ellos creen que su casa es Cuba entera.

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