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El Clásico Mundial rompe mitos y siembra dudas en las viejas potencias

Aficionados japoneses en una tienda siguen paso a paso el choque final entre su equipo y Corea del Sur.
Aficionados japoneses en una tienda siguen paso a paso el choque final entre su equipo y Corea del Sur.

De asombro en asombro, el béisbol asiático se ha robado por estos días la atención de todos gracias a su rotundo éxito en un Clásico Mundial de Béisbol que gana espacios, pero deja muchos sabores amargos a su paso.

Nadie jugó mejor que Japón y Corea del Sur, ninguno de los otros equipos hizo más por la victoria que estos dos gigantes del Lejano Oriente y, nadie como los samurais brillaron en los momentos definitorios.

Con un juego hecho de material de leyenda, los nipones derrotaron a sus enconados rivales de la región para reafirmarse como la primera potencia internacional, gústele a quien le guste y pésele a quien le pese.

El choque por la discusión del título fue una bofetada sin mano para otras naciones que presumen de su poderío y que se desinflaron ante la magia de la pelota asiática, resultó un derroche de entrega y sacrificio que debe ser tomado como ejemplo por el resto del mundo. Literalmente, el resto del mundo.

Mientras el lenguaje corporal de japoneses y coreanos dejaba entrever un orgullo cargado de pasión, el de algunas estrellas de las Mayores denotaba indiferencia y frialdad ante un evento que no les motivaba.

Otros llegaron muy lejos de su mejor forma deportiva, como si el torneo se tratase de una simple práctica que les ayudase a prepararse para el real objetivo que perseguían: la temporada de la Mayores.

No tiene justificación, ninguna, la humillación de República Dominicana, ni los fracasos de Venezuela, Puerto Rico y, claro que sí, Estados Unidos -lo de la falta de público de los anfitriones es para el olvido. Panamá y México dieron pena, y Cuba dio muestras de hallarse en un franco declive.

Nadie puede decir que aquí estuvieron los mejores. No se puede asegurar que la crema y nata se apuntó para representar los colores de sus países. Tampoco nadie, y aquí esto vale hasta para Japón, podrá alardear que ha derrotado a lo que más vale y brilla de este deporte.

La lista de los que se negaron a asistir al Clásico es larga, pesada, y deja una estela de malestar, porque sus equipos, de haberlos tenido, habrían sido medidos con otra vara.

Por otro lado, el sistema de doble eliminación fue criticado por todos y la celebración del torneo en el mes de marzo gusta cada vez menos, pero esto, al menos por ahora, no tiene solución, porque los dueños de franquicias son los verdaderos amos y señores de las Grandes Ligas.

En este punto, no puedo dejar de descargar mi malestar contra Selig y las Mayores, que son jueces y partes del problema: el evento es de ellos, lo organizan ellos, pero no tienen la convicción suficiente para doblar el brazo de las franquicias y obligarlas a liberar a sus peloteros.

Quedan cuatro años para trabajar más duro, encontrar nuevas fórmulas y olvidar humillaciones. Cuatro años para reverenciar a los samurais-peloteros de Japón. Cuatro años para soñar con un Clásico cada vez más mundial en el exacto sentido de la palabra.

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