Deportes

LeBron tiene mucho que agradecerle a Miami

LeBron James ha decidido tomar los talentos que un día trajo a South Beach y llevarlos de vuelta a Cleveland en una movida que ha provocado una sensación de éxtasis en aquellos que un día quemaron las camisetas de la estrella y decepción en los que le abrieron las puertas de un nuevo hogar.

Bien, muy bien. Perfecto. No hay nada que reprochar. No hay nada de malo en querer jugar cerca del lugar donde se nace, delante de amigos y familiares, sobre todo si, como James escribió en la revista Sports Illustrated era un deseo que tenía desde el mismo momento en el cual decidió alejarse del norte de Ohio.

Espero que no repitamos el error de ciertos fanáticos de Cleveland y no se destrocen imágenes de James, ni se quemen uniformes con el número 6, que aquí no somos cavernícolas, sino que le agradezcamos por sus cuatro temporadas llenas de triunfos y esos dos títulos inolvidables que quedaran por siempre en la historia de Miami.

Pero tampoco que los cumplidos sean más de la cuenta, porque esta franquicia ya estaba en firme y con un campeonato en mano antes de que el Rey James nos prestase sus talentos –muy bien remunerados, por cierto- y le sirvió de plataforma para elevar su prestigio. No hay que olvidar cómo era su imagen antes de venir a Biscayne Boulevard: un prodigio físico, pero que era visto como el peor de los perdedores.

Pat Riley, con sus luces y sombras, fue el arquitecto de un equipo que durante cuatro contiendas no dejó de asistir a la Final de la NBA, donde James contaba con el reparto y apoyo que siempre le faltó en los Cavaliers. Sí, James nos dio mucho, pero la franquicia de Miami le ofreció la caja de resonancia deportiva, moral y emocional para que se convirtiera en un triunfador constante.

James, en este mundo insensible de la agencia libre y los techos salariales, posee el derecho para irse a dónde de le de la gana, pero su regreso a Cleveland es una píldora difícil de tragar, porque allí continúa al frente de todo Dan Gilbert, el mismo hombre que le llamara cobarde y traidor en una carta que hasta hace solo unos días todavía podía leerse en el sitio de internet del club, el mismo que alegara que no era un ejemplo para la juventud de Ohio.

Gilbert representa todo lo contrario a lo que aspira James. Durante el cierre patronal, el dueño de los Cavs lideró al grupo de propietarios que más pugnó –y al final lo logró- por limitar las ganancias y los beneficios de los jugadores, a diferencia del de Miami, Mickey Arison, quien mostró una posición más flexible.

¿Cómo James, quien tanto criticara al racista de Donald Sterling, puede mirar al rostro de ese mismo empleador que ya una vez le echara a los perros de la opinión pública? Entendería que el hubiera escogido a los Lakers, a los Knicks, a los Bulls, ¿pero los Cavs? Miami no es una panacea, pero Cleveland como organización no le llega a ni a los tobillos al negocio de Arison y compañía.

Ya no hay marcha atrás. James ha decidido irse a un equipo plagado de talento joven, con un coach que es un perfecto desconocido –recuerdan que hacía con Mike Brown lo que le venía en gana- y un gerente general recién puesto en el cargo. El sabrá lo que hace y hasta puede ganar otro título, porque así de grande es su capacidad transformadora.

Algún día de la próxima temporada James retornará vestido con el marrón de los Cavs a la Arena American Airlines y todos, espero que absolutamente todos nos paremos de los asientos y aplaudamos ante su sola presencia, pero que la ovación sea la justa. La vida continúa y como siempre supimos desde un inicio, nada dura para siempre.

  Comentarios