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Tras el 7-1, los brasileños ven la realidad bajo la alfombra

Brasil se encuentra dolido y confuso por el 7-1 sufrido contra Alemania, y muchos piensan que la debacle del martes pasado en el estadio Minerao de Belo Horizonte ha servido para destapar problemas que estaban escondidos bajo la alfombra.

Las expectativas de los 203 millones de brasileños era ganar el título mundial como anfitriones y borrar la afrenta de 1950 cuando perdieron 2-1 con los uruguayos en la final en el inolvidable Maracanazo. En su lugar, sufrieron la peor derrota de su historia futbolística, y los periódicos, con una suerte de sadomasoquismo, se esmeran para frotar la herida con sal: Humillación, vejamen, vergüenza, catástrofe, masacre y tragedia son algunos de los calificativos usados con más frecuencia para describir la derrota en semifinales en el Mundial Brasil 2014 del equipo dirigido por el entrenador Luiz Felipe Scolari.

Muchos, sin embargo, aprovechan este desastre deportivo para ir más allá del fútbol.

“Humillación no es perder por 7-1”, afirmó Bruna Araujo, dueña de un pequeño hostal en Copacabana. “Humillación es que en los hospitales públicos la atención sea pésima, que te pases dos o tres horas en un transporte público para volver a tu casa del trabajo, que en el Noreste [la zona más deprimida de Brasil] una empleada doméstica gane $25 al mes y que los políticos sean corruptos”.

El fútbol es la pasión indiscutible del gigante sudamericano, la actividad que más orgullo brinda al país con cinco títulos mundiales y la que con mayor facilidad une a un territorio tan grande –el quinto en extensión en el mundo–, pero a la hora de la derrota es la que más profundamente deprime a la población.

Para colmo, dos senadores fueron acusados de usar dinero público para comprar pasajes aéreos e irse a ver partidos del Mundial. Aníbal Diniz gastó $1,450 en dos boletos de ida y vuelta, uno de Brasilia a Sao Paulo para ver el juego Brasil contra Croacia y otro a Belo Horizonte para el Brasil contra Alemania; y Cidinho Santos $512 para ir de Sao Paulo a Cuiabá. Santos dijo que hubo una confusión y que devolverá el dinero de los pasajes al Senado.

Al escuchar estas historias, la gente se indigna y suelta su resentimiento de manera descontrolada.

“Ahora los periódicos piden la cabeza de Scolari por el 7-1”, afirmó Daniel Pereira, un empleado de una juguería. “En realidad, el entrenador es solo un chivo expiatorio. A esos políticos sinvergüenzas, que viajan con el dinero del país para ver los partidos del Mundial, deberían lincharlos en la plaza pública”.

Por su parte, el ministro de justicia de Brasil José Eduardo Cardozo anunció que una fuerza de 26,000 efectivos estará a cargo de la seguridad de la final el domingo en Río.

Muchos aseguran que el gobierno no escatima esfuerzos para terminar bien el Mundial y marcar diferencias entre lo que ocurre en las canchas y fuera de ellas. El objetivo es evitar a toda costa que la frustración con el 7-1 contamine la campaña por la reelección de la presidenta Dima Rousseff en los comicios en octubre próximo.

La idea es que la Seleçao perdió en fútbol pero Brasil ganó en organización con un campeonato que funcionó sin problemas ni protestas y que deja una infraestructura para la población como nuevas vías y mejoras en aeropuertos y estadios, entre otras cosas.

La gente no digiere este discurso, sin embargo, y esos sentimientos de descontento se reflejan en los medios de comunicación.

En su editorial del viernes, O Globo cuestiona el cuantioso gasto en la Copa y el olvido de otras áreas de la vida cotidiana con mucho mayores urgencias.

“Gastamos para la gloria ajena, gastamos para nada”, afirmó O Globo. “El pueblo brasileño llora en las tribunas, y llora más por el desperdicio de nuestro dinero que hubiese servido para la salud, educación, cultura y construcción de casas populares”.

Mientras, los efectos del 7-1 se notan en todas partes.

Los brasileños con boletos para la final del domingo en el Maracaná entre Argentina y Alemania empezaron a venderlos. Clientes no faltan, pues se espera la llegada de 100,000 argentinos y solo 13,000 tienen entradas.

Todos los productos con los colores auriverdes de Brasil fueron retirados de las vitrinas de los comercios y guardados con la esperanza de venderlos en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016.

En 1950 cuando ocurrió el Maracanazo, Brasil tenía 51.9 millones de habitantes con un 50.5% de analfabetos. En el 2014, la población se cuadruplicó, el analfabetismo bajó a un 8.7% y la comunicación se desarrolló de una manera tan descomunal que la gente tiene más herramientas para evaluar la realidad y el fútbol no puede ser más utilizado como el opio del pueblo. El resentimiento crece más cuando la gente percibe que solo hay engaño, promesas inclumplidas e impunidad.

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