Béisbol

Caso de McGwire dictará la senda a seguir con las estrellas que usaron esteroides

Mark McGwire.
Mark McGwire.

No es la votación para la presidencia del país, pero al menos una que conmueve al mundo del béisbol por su significado histórico, los nombres que involucra y, en los últimos tiempos, la polémica que entraña.

Acaba de darse a conocer la boleta de quienes sueñan con pasar el umbral del Salón de la Fama, y entre los nuevos aspirantes sobresale el de Ricky Henderson, líder de bases robadas en las Grandes Ligas.

Los otros que integran la boleta por primera vez son Jay Bell, David Cone, Ron Gant, Mark Grace, Jesse Orosco, Dan Plesac, Greg Vaughn, Mo Vaughn y Matt Williams.

Pero en este caso no se trata de los nuevos, sino de esos otros que llevan años aspirando a llegar a Cooperstown. Son los casos, entre otros, de estelares como Harold Baines, Bert Blyleven, Andre Dawson, Tommy John y Don Mattingly.

Sin embargo, ningún nombre despierta tanto revuelo como el de Mark McGwire.

Octavo en lista de jonroneros de todos los tiempos con 583 el inicialista de los Atléticos de Oakland y los Cardenales de San Luis era uno de los jugadores más queridos hasta que la sombra de los esteroides empañó su imagen.

Por siempre, McGwuire ha negado que usó sustancias ilegales, pero evadió preguntas cuando compareció ante un panel del Congreso, limitándose a responder: "No estoy aquí para hablar del pasado''.

McGwire recibió 128 votos en el 2008 de los miembros de la Asociación de Periodistas Especializados de Béisbol de Estados Unidos (BBWAA) -- igualando su total del 2007, cuando fue elegible por primera vez.

Su total de 23.6 por ciento quedó bien por debajo del 75 necesario para ingresar al Salón de la Fama, algo que ha sido interpretado como una especie de castigo por no revelar, de una vez y por todas, su posible participación en una era que muchos consideran debe ser reflejada en los libros de récords con asteriscos.

Por números fríos, McGwire merece estar en Cooperstown, pero se trata -sobre todo para los periodistas que se creen guardianes de la mejor tradición del béisbol- de un problema moral, de integridad.

De cierta manera, la pregunta no es si McGwire merece estar o no entre los inmortales, sino saber si habrá perdón para él y para todos aquellos -este dilema lo tendrán también algún día Roger Clemens y Barry Bonds- cuyos nombres aparecen en el informe Mitchell o son tenidos como presuntos culpables.



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