Béisbol

El ambiguo efecto de Manny Ramírez

Ya nadie recordaba a los Isotopes de Albuquerque, una moribunda franquicia de Ligas Menores enclavada en un remoto páramo de Nuevo México, que durante años fue la sucursal de Doble A de los Marlins de la Florida hasta que la cambiaron por una nueva sede en Nueva Orleans.

Pero los Isotopes han sido atrapados por el terremoto Manny Ramírez, quien ha llegado a este equipo sin futuro y sin historia para ponerlo en el mapa de la opinión pública, al menos mientras dure su reacondicionamiento en ruta a las Grandes Ligas.

Nada más se rumoró que el jardinero de los Dodgers iba a llegar para participar en algunos juegos, Albuquerque se convirtió en el pueblo donde había que estar. Las cadenas de televisión enviaron unidades móviles, los diarios asignaron a sus mejores reporteros y, por un momento, los Isotopes importaban más que los propios Dodgers.

Todos han caído atrapados bajo el influjo de Manny, de su personalidad impredecible, de su capacidad para decir las mayores tonterías o guardar los silencios más enigmáticos, de pasar por la vida con una levedad irritante para muchos y humorística para otros.

Nadie se quiere perder el espectáculo. Es un circo de tres pistas lleno de sorpresas y los fanáticos han acudido en masa para repletar un estadio de Ligas Menores que siempre se mantuvo con claros evidentes en las gradas.

"La gente me ama dondequiera que voy'', se jacta Ramírez. "Me siento feliz de traerle mucha alegría a muchas personas''.

No, Manny, no te engañes, la gente va a verte porque espera ver algo más allá del simple hecho de conectar jonrones y desplegar ese talento innegable que nunca debiste apoyar con esteroides.

La gente va a verte como solía ver las peleas de Mike Tyson, incluso cuando ya el ex campeón no tenía nada que ofrecer encima del cuadrilátero: lo mismo podía armar una bronca monumental en una conferencia de prensa que arrancarle un pedazo de oreja a un rival como quien mastica un pedazo de carne.

La gente, que gusta del morbo extradeportivo aunque realmente reniegue de ello en público, va a ver a Manny ser Manny en su mundo aparte y extraño, pero nunca aburrido.

Y este maremoto humano que ha sacado del letargo a Albuquerque será multiplicado varias veces en Los Angeles a partir del 3 de julio, cuando oficialmente termine la suspensión de Ramírez de 50 juegos.

Mannywood ya vuelve a respirar y los Dodgers se frotan las manos por las sumas de dinero que harán con la venta de camisetas y de pelucas con las peculiares trenzas del jardinero angelino.

Los Dodgers, en honor a la verdad, no le echaron mucho de menos. Dominan su división, están 22 juegos por encima de .500 y han redescubierto a Juan Pierre, como la bujía ofensiva que todos conocían de sobra por aquí.

Manny, más allá de sus jonrones e impulsadas, les trae el condimento añadido de lo prohibido, del renegado que ha cumplido su condena, pero sin aceptar del todo su condena con un aire de pura irreverencia.

Y ante esta realidad de película, la mayoría paga su entrada.

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