Béisbol

El mal sin cura de la pelota cubana

Pedro Luis Lazo, el eterno veterano.
Pedro Luis Lazo, el eterno veterano.

El paciente está enfermo, grave, pero quién le dice al médico que los remedios no funcionan y que él es más parte del problema que de la solución. Quién se atreverá a sacarlo de su oficina. Nadie. Eso es lo que ocurre cuando el médico tiene más poder que el administrador del hospital.

Y eso lo que ocurre con la Comisión Nacional de Béisbol, que vive sus días más bajos desde que se decretara "el fin de la pelota esclava'' a principios de los años 60 y comenzara una hegemonía en el ámbito amateur que hoy se desmorona como una duna de arena en plena tormenta en el desierto.

El reinado de Higinio Vélez y de Antonio Castro -hijo de quien pronunció la frase entrecomillada del segundo párrafo- ha sido el peor que se recuerde en las últimas décadas, para ser más precisos, en las últimas cinco.

Vélez, un matabrazos en sus días de mánager con los conjuntos santiagueros, pero excelente cumplidor de directivas bajadas desde arriba; y Castro, dicen que un médico competetente y el hijo de su padre, no son los únicos culpables de la debacle, pero al menos las cabezas más visibles.

Y hablando de cabezas. ¿Cuánto habrían durado las de otros dirigentes que no fueran estos dos tras un fracaso tan sonado?.

Servio Borges parecía disponer de un poder absoluto en sus días de Comisionado -también fungía como piloto de la escuadra nacional y algunas de sus decisiones generaron una controversia que aún dura hasta el presente-, pero no pudo sobrevivir al fracaso de los Juegos Centroamericanos de 1982.

Carlos Rodríguez, otro que en su momento lucía firme en el puesto y mostraba cierta imagen de ejecutivo moderno -todavía recuerdo su amor por el uso de las estadísticas y los últimos adelantos de la ciencia deportiva-, fue echado a un lado después del descalabro en la Copa Mundial del 2007, cuando la isla perdió el título tras 26 años de dominio indiscutible.

La salida de Rodríguez significó el encumbramiento de Vélez como máximo responsable de las estructuras del béisbol y de Antonio Castro, quien ya era el médico de la escuadra nacional, en calidad de vicepresidente de la federación.

Sin embargo, nada tienen para exhibir durante estos dos años y medio de mandato, como no sean un puñado de medallas plateadas en torneos internacionales de todas las categorías y un sexto puesto en el pasado Clásico Mundial, pruebas de la decadencia de un equipo que era la envidia del mundo amateur. Al menos eso creíamos o nos hacían creer.

Vélez, Antonio Pacheco, Esteban Lombillo...no importa cuál fuera el mánager de turno. La verdadera estrella de la selección era Antonio Castro, que firmaba más autógrafos y era más perseguido por la prensa que los propios peloteros. ¿Dónde se ha visto que el médico llame más la atención que el cuarto bate?

Y con Antonio Castro en primera línea de la atención pública florecían por doquier las bromas y los rumores sobre quién realmente mandaba, ¿el médico o el mánager?, ¿el médico-vicepresidente o el mánager?

"Los jugadores bromeaban entre sí y decían que el doctor era también el mánager'', comentó en cierta ocasión a la prensa extranjera en la Habana Reyna Cordero, esposa de Yadel Martí, quién se prepara en la pelota dominicana para intentar el salto a las Grandes Ligas.

Sin duda, las fugas de Martí, Aroldis Chapman, y Yuniesky Maya, entre otros, han desangrado el esfuerzo de Vélez y Castro, pero un equipo que sigue confiando para los juegos decisivos en los veteranos Norge Luis Vera y Pedro Luis Lazo -el Brett Favre de la pelota antillana con sus anuncios de retiros y regresos -no puede aspirar a mucho.

Este derrota en Italia, la ausencia en los Juegos Olímpicos, la imparable fuga de talentos y los errores técnicos en el desarrollo de la disciplina, no auguran nada bueno en el futuro del béisbol cubano.

Tal vez ya es hora de que Vélez y Castro dan un paso al lado -no tengo nada en contra de que el hijo de su papa siga dando masajes y poniendo vendas a los peloteros- y abran la oportunidad a gente con un nuevo sistema, otras ideas.

Pero, ¿quién se lo dice al médico? Sólo un loco.

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