Béisbol

La leyenda de Bárbaro Garbey

Barbaro Garbey bateando durante el juego de las estrellas cubanas el pasado domingo 18 de enero en el estadio de FIU.
Barbaro Garbey bateando durante el juego de las estrellas cubanas el pasado domingo 18 de enero en el estadio de FIU. ESPN

Cuando René Arocha lo vio llegar con su traje impecable y la media sonrisa en los labios, fue a abrazarlo como si se tratara del mejor de los amigos, porque en el fondo él y Bárbaro Garbey comparten un pedazo de historia no sólo por haber jugado en los Industriales y los equipos Cuba, sino por haber sido los primeros en intentar y lograr el sueño de las Grandes Ligas en dos momentos en que parecía imposible.

“Pero Bárbaro es el primero entre los primeros’’, expresó Arocha, quien se reencontrara con Garbey en Miami hace unos días para un juego de estrellas y veteranos cubanos de las Mayores. “En Cuba se hablaba de Bárbaro como de un personaje de una novela de misterio, en voz baja, como de alguien que vive, pero del que no se tienen pruebas de su vida. Era una leyenda’’.

Arocha escapó un 4 de julio de 1991, 11 años después de que Garbey se montara en uno de los 1,700 botes e integrara el grupo de 125,000 cubanos que tejieron el puente marítimo entre el Mariel y Cayo Hueso en una época donde los peloteros no se iban a ninguna parte y las Grandes Ligas resultaban algo lejano, intangible.

Tres veces se personó Garbey en las oficinas donde se registraban a los potenciales emigrantes y tres veces fue rechazado por las autoridades locales, pero en la cuarta ocasión insistió tanto que le concedieron el permiso para viajar a Estados Unidos.

“Yo estaba desesperado por irme, porque mi carrera de pelotero en Cuba había terminado’’, expresó Garbey, quien nació en Santiago de Cuba. “El precio de irme fue enorme, porque no pude ver a mi familia en 12 años, pero estaba decidido a probarme y demostrar que tenía material de Grandes Ligas’’.

Ese no fue el único motivo para irse, pues antes del Mariel Garbey había sido suspendido por las autoridades deportivas, de por vida, por su involucramiento en la venta de juegos con los Industriales en la temporada 1977-78, junto a otro grupo de peloteros.

Aunque no quiere entrar en detalles, Garbey reconoce parte de su historia en la de las llamadas Medias Negras de Chicago que vendieron la Serie Mundial de 1919 y que todo fue motivado por la necesidad de darle de comer a su familia.

“Nunca vendimos los juegos para perder sino para mantener el score cerrado’’, explicó Garbey. “Eran tiempos duros, difíciles. Cuando firmé por los Tigres me llamaron de la Oficina del Comisionado Bowie Kuhn y me preguntaron por qué lo hice y si lo volvería a hacer. Yo les di mis razones y ellos me entendieron’’.

Poco antes de subirse al barco camaronero en el Mariel, Garbey se reunió con su mejor amigo, el segunda base Rey Vicente Anglada, quien le deseó suerte sin saber que esa amistad a prueba de balas le costaría su carrera como jugador y casi tres años de prisión.

Anglada y Garbey habían crecido juntos en las escuelas deportivas (EIDE), en torneos infantiles y juveniles, en los Industriales y finalmente en la escuadra nacional, compartiendo los secretos y las complicidades que nacen de la cercanía y las experiencias vitales.

El intermedista de los azules sería suspendido en 1982, también de por vida, por una supuesta participación en venta de juegos que jamás fue comprobada, en un juicio sin garantías, y tendría que pasar dos años y ocho meses tras las rejas antes de que le iniciaran un lento proceso de rehabilitación.

“No creo que haya sido el principal causante de sus problemas, que son un capítulo doloroso’’, apuntó Garbey. “Pero sí puedo decir que su amistad fue incondicional, que jamás se retractó de ella y que siempre llevo a Rey Vicente muy cerca en mi corazón’’.

Con Anglada en la mente, Garbey inició su vida en un refugio militar en Fort Indiantown, Pennsylvania hasta que dos meses después los Tigres de Detroit –mediante rumores- lo descubrieron con el interés de ver qué le quedaba de béisbol a la ex estrella de la selección nacional cubana.

Su compatriota Orlando Peña, quien había lanzado en las Mayores y actuaba como evaluador de talento de los Tigres, le ofreció su primer contrato de Ligas Menores y, según palabras del propio Garbey, “me devolvió a la vida’’.

La vida en la granja de Detroit no resultó un camino sobre alfombra roja debido a problemas de asimilación –el idioma, las costumbres, y la poca cantidad de latinos- y hasta fue suspendido 10 juegos en 1983 por atacar a una aficionado.

Pero su oportunidad vendría en 1984, cuando los Tigres lo subieron a un equipo que haría historia al ganar la Serie Mundial en una temporada en la que bateó para .287 con 52 carreras impulsadas.

“Cuando levantamos el trofeo de campeones estuve llorando de alegría, porque era la validación de tantos sacrificios, de muchas horas tristes’’, recordó Garbey. “Son miles los peloteros que han pasado por el mejor béisbol y no han experimentado ese sentimiento de tener al mundo en tus manos. Eso no me lo quita nadie’’.

Garbey jugaría cuatro contiendas más en Grandes Ligas y varias en México antes de retirarse y convertirse en instructor de Ligas Menores, cargo que desempeña por estos días para los Bravos de Atlanta.

El hombre que decidiera irse cuando nadie se iba vive tranquilamente, a sus 58 años, con su familia en el área de Detroit, aunque sigue pensando en Cuba y aquellos tiempos cuando los aficionados coreaban su nombre y el de Anglada en el estadio de La habana como si fueran verdaderos reyes.

A Anglada no lo volvería a ver hasta agosto del 2014, cuando el viejo amigo visitó Miami como parte de un contingente de ex jugadores de los Industriales y pudo darse una escapada a Orlando para fundirse en un abrazo con Garbey.

“Le dije cuanto lo quería y que siempre seríamos amigos hasta el final de nuestras vidas’’, rememoró Garbey. “El me dijo que todavía la gente me recordaba en Cuba y hablaban de mí como de una leyenda. Saber que aún se habla de mí por allá…Wow, ese es el premio más grande que puedo conquistar’’.

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