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Venezuela, ahora sí toca celebrar

Associated Press

Los venezolanos pecamos de triunfalistas. Exageramos nuestras victorias, esas conquistas escasas que para otras naciones pudieran parecer pequeñas, pero para los que nacimos allá son inmensas hazañas.

Por eso en Venezuela se celebra, seguramente más que en cualquier otro país, una corona de Miss Universo. Por eso también creemos que nuestras playas y nuestros shortstops son los mejores.

Es una realidad parcializada y poco objetiva, pero es nuestra.

Hoy podemos decir que estamos de plácemes. Hay una contagiante alegría de color amarillo, azul y rojo por lo que hizo ayer en El Cairo el seleccionado de Venezuela en el Mundial Sub-20.

En nuestro primer juego en algún mundial de fútbol -en cualquier categoría- ganamos, y lo hicimos ante la todopoderosa Nigeria, las Aguilas Africanas que son una de las grandes potencias en este nivel.

No importa acá si cayó el nivel en el segundo tiempo. Tampoco importa que nos hayamos comido un par de goles cantados, ni que Nigeria no tuviese mucha suerte. Aquí lo que vale es que el triunfo es legítimo y que resuena en el todo el orbe, no sólo en nuestra parcela sudamericana.

Este grupo de jóvenes comandados por César Farías llegó con humildad a Egipto, pero no con la cabeza gacha. Porque una cosa es saber las limitaciones que se tienen y otra es lamentarse por ello.

De acuerdo a reportes de prensa de los medios de comunicación de Venezuela, Farías, técnico del equipo, señaló que la intención siempre fue tener un buen primer partido, no dejarse golear.

El planteamiento vinotinto fue impecable, especialmente, en la primera mitad en la que la humilde oncena sudamericana dejó el miedo para otra ocasión y en la tierra de las gigantes pirámides empezó a manufacturar, pase tras pase, esta victoria, de proporciones faraónicas para Venezuela.

Quizás algún hermano sudamericano no entienda tanta algarabía, tanto regocijo. Total, Argentina y Brasil se han cansado de ganar cuanto torneo haya, pero este no es el caso de Venezuela.

Nunca hemos podido ir a un Mundial de mayores, y lo que es más patético, terminamos disfrutando y celebrando como propias, las victorias brasileñas, italianas y hasta las alemanas.

En otras palabras, nos agarramos lo que es nuestro, lo que no ha sido nuestras cosecha.

Recuerdo una vez en una visita hecha por el seleccionado de Brasil a Venezuela cuando algún periodista le preguntó a Rivaldo, aquel centrocampista del scratch, su opinión acerca de este fenómeno. El jugador se molestó y con razón. Argumentó que ellos ganaban para sus fanáticos, para su pueblo, no para otros países.

En un pasaje aún más deprimente -pero no menos elocuente- de esta aberración venezolana, en una ocasión se descubrió que el padre de un jugador de la selección de Suecia para el Mundial de 1994 era venezolano. El muchacho se llamaba Martin Dahlin, era un atacante y se convirtió en el primer jugador negro de la selección sueca.

De inmediato se empezó a vociferar desde Guayana, hasta los Andes, pasando por Los Llanos y Caracas, que aquel joven era el primer representante real del país en una cita máxima del balompié. Cuando los periodistas venezolanos se le acercaron para preguntarle, Dahlin se declaró sueco de todo corazón y encima no quiso hablar absolutamente una palabra acerca de su papá con quien al parecer tenía una pésima relación.

Ahora es diferente. La bandera tricolor ondea por méritos propios en Egipto. El goleador ahora sí es un venezolano y para que no quede duda, responde al emblemático nombre de Yonathan Del Valle.

Este triunfo es propio. Es nuestro. E independientemente de lo que suceda contra España y Tahití, para nosotros los venezolanos, el trabajo se hizo.

Somos ganadores, triunfalistas, sí, pero no podemos negar que esta vez sí es totalmente justificado.

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